jueves, 17 de octubre de 2013

Lo que escondían sus ojos. Nieves Herrero.



Título: Lo que escondían sus ojos.
Autor: Nieves Herrero.
ISBN: 9788499708898
Editorial: La esfera de los libros
Colección: Novela Histórica.
Fecha de publicación:26 de agosto de 2013.
Páginas: 672.
Precio: 19,90 €





“—No importa dedicarse a muchas mujeres —le respondió el conde—.
Lo grave y escandaloso, lo que perjudica realmente, es dedicarse
asiduamente a una, y este es el caso de Mussolini”.
(Lo que escondía sus ojos. Nieves Herrero)


“No es la más elegante la que centra todas las miradas de la fiesta al entrar en ella,
sino la que va haciéndose con la admiración de todos según pasan las horas”.
(Frase puesta en boca del personaje de Cristóbal Balenciaga.
Lo que escondía sus ojos. Nieves Herrero)


“No conozco otra razón para amar que amarte”
(Fernando Pessoa)



Tengo que encabezar esta crítica sobre la novela “Lo que escondían sus ojos” de la periodista y comunicadora madrileña Nieves Herrero, a modo de proemio, mostrando, forzosamente, mi sorpresa tras su lectura. No tuve conocimiento, hasta después de haber terminado su lectura, de que la autora había publicado, con anterioridad, tres novelas y, os tengo que confesar, que me resultó extremadamente “sospechoso” que una autora, que yo pensaba novel y, por otra parte, tan conocida en toda España, hubiese publicado una primera novela tan bien escrita, narrada y estructurada. Sin embargo ese bagaje de tres novelas anteriores sí me concuerda más con el oficio y la destreza narrativa del que la autora hace gala en esta novela (Sus novelas anteriores son: Esa luna rota (2002), Todo fue nada (2005) y Corazón indio (2010)). En primer lugar tengo que advertir al lector que “Lo que escondía sus ojos”, desde un punto literario, es una novela de una factura tremendamente clásica tanto en su desarrollo como en su planteamiento narrativo. A excepción hecha del primer y último capítulo, se observa una linealidad tanto narrativa, como temporal, con breves excepciones. A pesar de este planteamiento tan poco innovador (llamémosle conservador) este libro, sin embargo, me ha resultado bastante interesante como posteriormente iré desgranando y analizando, con todo lujo de detalle, a lo largo de esta crítica literaria. El estudio de este texto requerirá una línea metodológica en la que intentaré ser, en su exposición, lo más claro y pedagógico posible para poder exponer las columnas miliares sobre las que se sustenta esta interesante novela que, en el uso de su aparente sencillez estructural encuentra, desde un punto de vista formal, uno de sus mayores atractivos expresivos.



Como ya es habitual, para situar al eventual lector de este análisis en la novela objeto de nuestros análisis y, con el loable fin de seguir un orden expositivo, creo que lo más adecuada, llegados a este punto, sería pergeñar un somera sinopsis argumental de los hechos que acaecen a lo largo de la novela. Para este fin, creo que colma sobradamente nuestras expectativas la recensión que nos ofrece la propia editorial “La esfera de los libros” que me voy a permitir transcribir literalmente.



“Una noche otoñal de 1940, la alta sociedad se divierte en una brillante fiesta en el hotel Ritz de Madrid. Hace más de un año que ha terminado la guerra y aristócratas y nuevos jerarcas del régimen ansían distraerse y lucir sus mejores galas, ajenos a las penurias del resto de los españoles. Una mujer destaca por encima de todas: alta, rubia y con un vestido de su modisto y amigo Balenciaga, su belleza no tiene rival; es Sonsoles de Icaza, esposa del marqués de Llanzol. De pronto, su mirada se cruza con la del hombre del momento: el flamante nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer. Ambos destacan como faros entre la multitud que les rodea y su irresistible atracción será, desde ese momento, inevitable.

En un país devastado y en un ambiente de falsa neutralidad, con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo, y los nazis y aliados buscando el apoyo de España y del todopoderoso «cuñadísimo» de Franco, la marquesa y Serrano Súñer vivieron una pasión clandestina. Un amor prohibido que dio su fruto con el nacimiento de una niña: Carmen Díez de Rivera, figura de enorme trascendencia treinta años después durante la Transición. Aunque su padre nunca la reconoció legalmente, el escándalo fue tal que le apartó del gobierno para siempre y ambas familias ocultaron el asunto como si nunca hubiera existido.

Lo que escondían sus ojos encierra el secreto mejor guardado por la alta sociedad española. Hoy sus protagonistas vuelven a cobrar vida de forma novelada gracias a Nieves Herrero, una escritora capaz de adentrarse como nadie en el alma y la ambición de un hombre y una mujer, y que no podía permitir que el paso del tiempo los olvidara para siempre”



Me gustaría comenzar este análisis por el final de la novela, en concreto citando una frase de la autora que, en la “Nota de la autora”, nos ofrece una de las claves a la hora de estudiar “Lo que escondía sus ojos”.



“Para novelar su vida y la de Ramón Serrano Súñer, me he basado sobre todo en lo que contaron a sus biógrafos el propio Serrano y su hija Carmen Díez de Rivera. Sonsoles nunca dejó nada por escrito. Pero, por supuesto, he tenido que recrear todos sus encuentros y todos sus diálogos, por lo que, seguramente, entre mi novela y la realidad de la pasión que ambos personajes vivieron, cualquier parecido será pura coincidencia”.



He citado este fragmento porque, en mi opinión, resulta fundamental a la hora de profundizar en el análisis de la novela, donde, insisto, en mi opinión, subyace uno de los “talones de Aquiles” de ésta, por lo demás, interesante novela. Uno de los mayores aciertos en el planteamiento que hace Nieves Herrero no es otro que haber adoptado esa narración lineal y “clásica”. Esta linealidad argumental facilita el seguimiento por parte del lector así como el efecto del “in crescendo” temático y de mantener la tensión narrativa. La novela está estructurada formalmente en dos breves capítulos al principio  al final, a modo de prólogo y epílogo que funcionan como arranque y final de un “flashback” que abarca toda la novela y 70 capítulos, generalmente breves. Durante la atenta y metódica lectura que he llevado a cabo de “Lo que escondían los ojos”, he dedicada una especial atención a la disposición temática de los capítulos y, cuando he repasado los apuntes que me ha sugerido su estudio, he reparado en la disposición tan “cíclica” de la narración. Ruego al lector que repare en este detalle que, en mi opinión, resulta determinante para equilibrar la arquitectura de la novela. Por otra parte, como ocurre en la literatura actual, estamos ante una novela narrada con un lenguaje profundamente cinematográfico en el que la plasticidad de las imágenes resulta especialmente relevante en el relato. Por ejemplo veremos la importancia de las descripciones de los vestuarios y cómo, de alguna manera, sirven para caracterizar los estados anímicos de los personajes (una técnica muy propia del lenguaje plástico, en nuestro caso cinematográfico). Llamo la atención del lector de la novela sobre los disfraces que utilizan en un baile de disfraces y la intención que la autora pone en ellos (y no puedo decir más…).



Uno de los puntos más interesantes de esta novela es, cómo la propia Nieves Herrero nos confiesa en el párrafo que he transcrito un poco más arriba, su habilidad para fundir la realidad con la ficción con la suficiente maestría para que ambas queden fundidas de un modo indisoluble y, prácticamente, irreconocibles. Y efectivamente tal vez sea ése, en mi opinión, uno de los mayores méritos de “Lo que escondía sus ojos”. Para conseguir esta fusión Nieves Herrero hará uso de la técnica literaria e intentaré analizar algunas de las claves “técnicas” en los que se apoya para erigir esta “efectista” estructura narrativa que en su “aparente” sencillez resulta ser el vehículo idóneo para narrar esta historia. Uno de los puntos más importantes a la hora de planificar la estructura de una novela, como ya he comentado en varias ocasiones, con motivo de otros análisis literarios, es la definición de la figura del narrador. La autora elige para vertebrar el relato un narrador en tercera persona omnisciente (esta omnisciencia se puede apreciar en algunas anticipaciones) pero, por lo general, se va a limitar a acompañar la acción dramática. Esta elección en la persona narrativa será fundamental para poder penetrar en los sentimientos y la acciones de todos los personajes, ora conociendo de primera mano sus pensamientos e inquietudes, ora obteniendo información sobre ellos a partir de otros personajes. Ruego al lector que repare en que si la autora hubiese puesto la voz narrativa, por ejemplo, en el personaje de Sonsoles de Icaza el relato hubiese perdido mucho interés al haber sido un relato muy subjetivo y parcial y poco adecuado para esta narración.



Nieves Herrero ha sabido transmitir y plasmar esa alta sociedad madrileña de los años inmediatamente posteriores a nuestra guerra civil, así como todo ese ambiente de intrigas políticas por conseguir el poder. Los personajes, tanto históricos, la gran mayoría, como ficticios están dibujados con precisión y con veracidad. Excepcional el tratamiento de los personajes protagonistas de la novela, aunque tal vez, sobretodo en personajes más secundarios, y en algunos casos, excesivamente planos. El personaje de Sonsoles de Icaza, tanto como el de Ramón Serrano Súñer están resueltos con corrección y solvencia. Aunque en mi opinión, os tengo que confesar que he quedado prendado tanto del personaje de Francisco de Paula Díez de Rivera, Marques de Llanzol, como por la belleza, por el cariño que pone la autora al dibujarle. Sin duda el personaje más logrado de toda la novela.



Nieves Herrero a lo largo de la novela nos va a plantear como uno de los motivos cohesionadores de la trama argumental, la desaparición de un pendiente. No pude evitar encontrar similitudes, con la “peripecia” del collar de la reina en la inmortal obra de Alejandro Dumas. En ambos casos estas joyas tienen un función narrativa muy similar (y hasta ahí puedo leer…).



Cuando empecé a preparar y ordenar todo el “arsenal” de notas que abarrotan mi cuaderno y meditar, con el máximo desapasionamiento posible, condición “sine qua non” para abordar un riguroso y metódico análisis literario, al respecto de en qué género se podría encuadrar esta novela, dado que muchos lectores me piden que, a modo de orientación, indique a qué género pertenecen las novelas. Sin duda alguna esta novela se podría inscribir dentro del género de la novela histórica, puesto que, independientemente de la trama principal de la novela, está inscrita en unos hechos y en un momento histórico claramente determinado y definido. Este libro, gracias al mérito de la autora y su capacidad de fundir la realidad con la ficción narrativa, a muchas personas que hayan vivido aquella época y, en general, a todos los aficionados a la Historia les obligará a replantearse muchos planteamientos “preconcebidos” respecto a determinados acontecimientos o personajes históricos.



En “Lo que escondían sus ojos” Nieves Herrero utilizará una prosa que se irá “adaptando” a los hechos narrados. Desde una prosa funcional y “casi” periodística a momentos de una prosa ubérrima en su belleza y realmente cuidada. En ella la autora no escatimará recursos literarios algunos, en la actualidad francamente poco utilizados como por ejemplo el quiasmo. Por lo tanto, cabe destacar que en algunos momentos, con carácter enfático, reforzando estilísticamente la acción narrada, su escritura alcanza unas cotas nada desdeñables. Por desgracia he detectado algunos errores más achacables, en mi opinión, a la edición de la novela que a la propia autora. Insisto en que me apena detectar estos errores que dan la sensación de una cierta dejadez, de una cierta desidia en la edición. A continuación voy a transcribir un ejemplo al respecto:



“Mandó pasar a su secretaria…
—Ahora mismo quiero que pongan un cerrojo en cada una de estas puertas de mi despacho. Cuando digo ahora mismo es ¡ya! —Era evidente que estaba de un humor de perros.
La secretaria se limitó a dar la orden. A la media hora, un cerrajero estaba instalando dos cerrojos para cada una de las puertas”.



Es evidente, por el contexto de este párrafo que no puede ser que “A la media hora, un cerrajero estaba instalando dos cerrojos para cada una de las puertas”. Sin duda alguna la autora querría decir: “A la media hora, un cerrajero estaba instalando dos cerrojos uno para cada puerta” (se podía decir de muchas maneras más, pero en cualquiera de los casos sería con mayor propiedad).




“Lo que escondían sus ojos” es una novela que narra una gran pasión, y no creo que con esto haya descubierto nada esencial de la trama puesto que, de hecho, la novela se subtitula “La pasión oculta de la Marquesa de Llanzol”. La autora nos va a narrar esta gran pasión con una gran contención, corriendo una especie de “velo de pureza” de una pudibundez que, en mi opinión, resulta excesiva. La autora evitará entrar en esos momentos de pasión amorosa con diferentes elipsis narrativas. Creo, honestamente, que en la narración de una historia que refleja una pasión tan exacerbada hubiese sido necesario haber dando un paso más… huyendo de esa actitud un tanto “mojigata” (entiéndaseme bien, desprendiendo a este adjetivo de cualquier intención peyorativa). Y, para mí, éste es uno de los lastres más grandes de, por otra parte, esta buena novela. Obviamente no pido, ni mucho menos, que Nieves Herrero hubiese optado por una narración de novela erótica (y aprovecho para denostar la ínfima calidad literaria de la inmensa mayoría de todas las que asolan los anaqueles de las librerías en la actualidad). En arte, y en literatura por supuesto, no es adecuado comparar dos obras, porque sería comparar lo incomparable. Sin embargo, no me voy a sustraer, para intentar aclarar lo que quiero explicar, a hacer una comparativa entre dos novelas que, en sus grandes diferencias, comparten algunos puntos en común. Me refiero a “Lo que escondían sus ojos” y la magistral novela de Arturo Pérez Reverte “El tango de la guardia vieja”(pinchar en el enlace para leer la reseña en este blog literario). Ambas, por diferentes “caminos” literarios y diferentes estilos, van a narrarnos una gran pasión amorosa. Pérez Reverte sí nos va a conducir, con mucha elegancia y magistralmente narrada, a esa culminación, a ese éxtasis de esa desbordante pasión. En definitiva echo de menos esas forzadas elipsis de Nieves Herrero por no “atreverse” a abordar, por supuesto de un modo hermoso y artístico, esos “tórridos” momentos, capitales en este relato. Por otra parte hay una escena que, desde un punto de vista técnico, no me ha gustado mucho ya que da unas explicaciones en boca de los personajes que resultan muy forzadas. En mi opinión esos “insertos” narrativos deberían quedar en boca del narrador (que para eso está). En concreto me refiero al diálogo de la escena “explicativa” que se produce en el teatro Reina Victoria entre Sonsoles y su madre (y no digo más, pero ruego al lector que repare en esta escena y valoren lo inapropiado de su planteamiento).



Es evidente que la autora ha realizado un más que estimable trabajo de documentación y ambientación de la novela. Esta exhaustiva labor no sólo se notará en la ausencia absoluta de cualquier anacronismo, tanto en los hechos como en la ambientación, sino que incluso será patente en el lenguaje empleado por los personajes. Por otra parte, me gustaría sugerir al lector que al final de la novela, propiamente dicha, disfrute con el anexo dedicado a qué fue de los personajes reales de la novela. En “Lo que escondían tus ojos” Nieves Herrero, a través de sus personajes reflexiona, con mucha lucidez, sobre el amor y la pasión. No me resisto a dejaros un fragmento que refleja alguna de estas reflexiones.



“—¿Y el amor?
—El amor surge un día y te pone la vida del revés. No puedes hacer nada por evitarlo. Es más fuerte que tu voluntad, y lo malo es que, después de probarlo, ya no te valen sucedáneos. El futuro, por eso, me parece una condena.
—Ahora no debemos pensar más allá de lo que estamos viviendo en este instante. El mañana no existe…”



Finalmente, y ya para no alargarme mucho más en este largo análisis, sí me gustaría resaltar que “Lo que escondían sus ojos” es una novela redonda, tanto “lato sensu” como “stricto sensu”. Como bien conocéis los lectores habituales de este blog para mí, un punto esencial es el “remate” de una novela. Y Nieves Herrero sí consigue rematar bien la novela. De hecho al final de “Lo que escondía sus ojos” nos guarda un interesante “giro de guión” que, obviamente, no voy a desvelar; pero sí recomendar al lector que extreme su atención, para degustar ese final. Finalmente, y como suele ser con las buenas novelas, no tengo más remedio que lamentar las limitaciones de espacio que, por su propia naturaleza impone la reseña porque en mi cuaderno de apuntes quedarán inéditos muchos puntos interesantes, y dignos de señalarse, que ha sugerido su lectura.





Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo expuesto más arriba e intentando ser lo más fiel posible a mi conciencia y a modo de entender el arte de la literatura, creo que la puntuación que haría más justicia a “Lo que escondían sus ojos” de la periodista, comunicadora y escritora madrileña Nieves Herrero sería de un 8,25/10.

© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo una interesante entrevista que concedió al autora con motivo de la publicación de "Lo que escondían sus ojos")


miércoles, 9 de octubre de 2013

Dispara, yo ya estoy muerto. Julia Navarro



Título: Dispara, yo ya estoy muerto.
Autor: Julia Navarro.
Editorial: Plaza & Janés Editores.
ISBN: 9788401354694
Páginas: 912.
Fecha de publicación: 29 de agosto de 2013.
Precio: 22,90 €




“ A veces el mal está en los ojos
del que mira y no en lo que ve”.


“ Hay momentos en la vida en los que la única manera
De salvarse uno mismo es muriendo o matando…”

(Dispara, yo ya estoy muerto. Julia Navarro)





Hace bastantes días que terminé de leer, por segunda vez, “Dispara, yo ya estoy muerto” de la escritora madrileña Julia Navarro. Y he dudado mucho sobre si debía escribir esta reseña y, por otra parte, cómo debía escribirla y enfocarla. Todos los lectores habituales de este blog literario sabéis que una de las máximas irrenunciables que figuran en el ideario de este blog es el máximo respecto a los autores pero, por otra parte, la máxima honestidad intelectual a la hora de abordar las críticas. Y ha sido precisamente esta dicotomía la que me ha hecho dudar, hasta el último momento, la conveniencia o no de publicar esta crítica. Conocedor de las dificultades y los sacrificios que imponen a los autores la creación de una obra literaria siempre me resulta especialmente duro tener que dar una mala crítica de una novela; sin embargo, esto no sería óbice, para defraudar la confianza de mis lectores que, como me habéis comentado muchos de vosotros que habéis tenido la amabilidad de comentármelo en mi correo electrónico, deseabais saber mi opinión al respecto de esta novela que, por otra parte, llena los anaqueles de las librerías y copa los primeros puestos de los libros más vendidos.



Nada más empezar esta crítica comentaba que he tenido que leer dos veces las más de 900 páginas de esta extensa novela que, con toda honestidad, debo reconocer que, en algunos momentos, me ha resultado excesivamente lenta en su desarrollo y de un rumbo, cuanto menos, dubitativo por parte de su autora. Aún así, como es habitual he leído con toda meticulosidad la novela buscando sorprenderme gratamente con algún detalle técnico pero, por desgracia no he conseguido encontrarlo. A pesar de una segunda lectura en la que intenté, sin éxito, poder desdecirme de la opinión, no excesivamente favorable, que me suscitó su primera lectura. En cualquier caso a lo largo de esta reseña intentaré motivar y exponer los motivos  por los que me he sentido tan defraudado por esta novela.



Como ya es habitual y antes de entrar propiamente en el análisis de “Dispara, yo ya estoy muerto” de la escritora Julia Navarro, y por seguir un orden metodológico, empezaremos por esbozar, sucintamente, una sinopsis argumental de los hechos que acaecen a lo largo de esta voluminosa novela. Para este fin utilizaré la reseña que ha publicado la propia editorial Plaza & Janés que, en mi opinión, cumple sobradamente con el propósito que buscamos.



“Dispara, yo ya estoy muerto, de Julia Navarro, autora de otras novelas de éxito de la narrativa española como La sangre de los inocentes o Dime quién soy, es la apasionante historia de dos familias que persiguen sus sueños y luchan por sobreponerse a su propio destino. Una intensa y emocionada crónica de una saga familiar que ahonda en el vértigo de la condición humana al tiempo que propone una conmovedora reivindicación de que por encima de las patrias están las personas. Julia Navarro propone una ambiciosa novela de personajes, donde sus vidas se entrelazan con momentos clave de la historia. Varsovia, San Petersburgo, Jerusalén, París... son algunos de los escenarios de esta novela que, desde su enigmático título hasta su sorprendente final, esconde más de un misterio, mucha aventura y emociones a flor de piel. Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse uno mismo es muriendo o matando. Marian Miller, cooperante de una ONG, debe realizar un informe sobre los asentamientos ilegales de los judíos en territorio palestino. Para ello pretende recoger las versiones de ambos lados, una decisión que la llevará a citarse en Jerusalén con Ezequiel Zucker, un anciano que tiene, como tantas personas, muchas cosas que contar e, incluso, algún secreto que ocultar... Así, como si se tratara de un enorme puzzle en el que encajar muchas y complejas piezas, el viejo Ezequiel le irá relatando la historia de su familia, mientras ella le ofrecerá la versión árabe”.



En mi primer me gustaría sugerir al amable lector de este análisis, que leyese la crítica que en su momento hice de la anterior novela de Julia Navarro, también publicada en este blog literario” (pulsa para leer la reseña de "Dime quien soy"). Esta sugerencia que me permito hacer es por la más que evidente identidad entre ambas novelas, tanto en su estructura como en su tratamiento. Si bien tengo que reconocer que, en mi opinión, “Dime quien soy” a pesar de no ser una gran novela, por lo motivos ya expresados en dicha reseña, es netamente superior a “Dispara, yo ya estoy muerto”.



Resulta muy sencillo simplificar la opinión de un libro limitándonos a decir “me ha gustado” o “no me ha gustado”, pero si lo que pretendemos es hacer un análisis literario serio y riguroso la cosa ya no es tan sencilla. En este análisis no me voy a detener únicamente en si lo que la autora nos cuenta (la temática) me ha resultado más o menos interesante sino que voy a intentar analizar el cómo nos lo cuenta (la técnica). Bajo esta premisa puedo ya adelantar que “Dispara, yo ya he muerto” me ha parecido una novela muy floja, en el que la autora vuelve a transitar por los errores, quede claro que es mi opinión, por los que ya deambulo, erráticamente, en su anterior novela. El problema de esta novela es ya desde su cimiento pues la autora ha optado por una estructura narrativa que no se sostiene y que solamente parece estar dirigida a una finalidad: intentar sorprendernos con el final del libro, pero, honestamente, creo que para este viaje no hacían falta esas alforjas, citando al refranero castellano. Por otra parte se trata de una novela muy “tramposa” en la que la autora lo fía todo a esa sorpresa final que, particularmente para mí no fue tal sorpresa porque Julia Navarro va a calcar ese mismo endeble esquema narrativo de su anterior novela. No resulta, pues, sorprendente que con el devenir de la novela veamos caer por tierra su arquitectura narrativa asentada en unos cimientos tan frágiles e inestables.



Como el lector comprobará las similitudes entre sus dos últimas novelas resultan especialmente llamativas. Personalmente me apena que Julia Navarro haya optado por seguir este camino narrativo en el que no he encontrado nada que me haya aportado algo nuevo. La autora se ha limitado a “calcar” un esquema ya caduco y acartonado en el que no ha hecho el menor esfuerzo por cambiarlo o, cuanto menos, “modernizarlo”. “Dispara, yo ya he muerto” es un folletín, en el sentido más peyorativo hilvanado con unas groseras costuras impropias de una escritora como ella. Leyendo la novela he sentido la sensación de que la autora mostraba un cierto hastío en algunos momentos de la narración. No sería justo si no reconociese que, puntualmente, Julia Navarro consigue algunos momentos de brillantez narrativa, pero son tan escasos… Tengo que reconocer, con toda honestidad, que echo de menos a la Julia Navarro de sus anteriores novelas antes de entrar en esta “deriva” de novelas históricas en las que, en mi opinión, la autora naufraga, fundamentalmente por su planteamiento. Estoy convencido de que si la autora hubiese narrado desde otra perspectiva la novela y con otra estructura narrativa, con toda seguridad, la  crítica de la novela (de las novelas) sería totalmente diferente.



En este caso esta reseña va a ser, excepcionalmente, breve porque, sinceramente, el análisis de esta novela, teniendo en cuenta todo lo ya referido en la crítica que hice a su anterior novela “Dime quien soy” y que es plena válida para esta, no da para mucho más. Ya sólo me queda desear de todo corazón que Julia Navarro vuelva a reencontrar su propia voz narrativa y, si pudiese decírselo, comentarle que abandonase este esquema que tanto daño le está haciendo en su carrera literaria. Os puedo asegurar que me duele mucho cuando tengo que hacer una crítica como esta porque sé el sacrificio y el ingente esfuerzo que conlleva la literatura pero, ante todo, debo ser honesto y fiel a mi conciencia y a mis lectores. Me consta que a mucha gente le ha gustado esta novela, pero eso no ha de ser óbice para que me adhiera cerrilmente a la opinión mayoritaria y por eso, aún a sabiendas de ir a contracorriente de la mayoría y como es lógico no voy a traicionar mi opinión, por otra parte muy meditada y estudiada.



Dicho todo lo cual y atendiendo a todo lo expresado con anterioridad, creo, con toda honestidad, que según mi manera de entender el arte literario, la puntuación más ajustada y que más justicia haría a la novela “Dispara, yo ya estoy muerto” de la de la escritora madrileña Julia Navarro, sería de un 5,00/10.


© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo el booktrailer de la novela y una entrevista que concedió la autora con motivo de la publicación de esta novela)





sábado, 14 de septiembre de 2013

Circo Máximo. Santiago Posteguillo.



Título: Circo Máximo (La ira de Trajano).
Autor: Santiago Posteguillo
ISBN: 978-84-08-11711-7
Editorial: Planeta
Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos
Fecha de publicación:29 de agosto de 2013.
Páginas: 1.200.
Precio: 22,90 €



Nullum bellum suscipi a civitate optima,
nisiaut pro fide,aut pro salute.
(Una guerra nunca es iniciada por un Estado ideal,
excepto en defensa de su honor o su seguridad.)
CicerónDe República, III, 23, 34



“Los accidentes ocurren siempre así: no por un solo error sino por varios errores de diferentes personas que tienen lugar en el mismo momento, en el mismo lugar”.
(Circo Máximo. Santiago Posteguillo)


“Gracias a Trajano y su mundo, convulso con frecuencia, esperanzador en ocasiones. Incluso gracias a Mario Prisco o Pompeyo Colega o Carpophorus y tantos otros ruines, porque si bien la vida sería infinitamente mejor sin la perversión de los malvados, la literatura, sin ellos, sería aburrida.
(Agradecimientos en Circo Máximo. Santiago Posteguillo)




Me gustaría, antes de empezar este análisis literario, confesaros que he tenido que dejar pasar casi dos días antes de reunir el “valor” suficiente para sentarme al ordenador para escribir esta crítica. Después de tres días de frenética y apasionada lectura en los que devoré, casi literalmente, este segundo libro de la trilogía (el primero es “Los asesinos del Emperador”)que el gran escritor valenciano Santiago Posteguillo ha dedicado a la vida y andanzas del Emperador Trajano y de llenar mi cuaderno de notas con más de treinta páginas de notas y comentarios tengo que, con toda honestidad, reconocer me sentí absolutamente perplejo ante el libro que acababa de leer.Durante estos dos días que he dedicado a la reflexión y a intentar analizar el por qué de la maestría de esta novela, he releído multitud de fragmentos de la novela intentando desbrozar, con el mayor desapasionamiento posible, y dentro de este frondoso “bosque” literario, que parece sacado de la misma Dacia, los recursos técnicos que el autor ha empleado para envolvernos en este apasionante relato, magistralmente escrito. Dicho lo cual es evidente que “Circo Máximo (la ira de Trajano), segundo libro de la trilogía de Trajano, me ha encantado. A lo largo de esta reseña literaria intentaré desgranar y desmenuzar un libro tan complejo y, a su vez, tan interesante, desde un punto de vista analítico. Antes de empezar soy ya consciente que, en su ubérrima riqueza, será inabarcable dentro de los modestos límites que impone una reseña que, en justicia, pediría, más bien, un profundo y exhaustivo estudio.



A lo largo de estas páginas intentaré acercar, al eventual lector de estas líneas, las columnas basales sobre las que Santiago Posteguillo ha erigido esta monumental y ambiciosa novela histórica que, sin duda alguna, hará las delicias de los lectores en general y, en particular, de los amantes de la Historia. Porque, y lo diré desde el primer momento, el autor demuestra ser todo un erudito en Historia Antigua, documentando la novela con un extremo rigor hasta en los detalles, aparentemente, más nimios e intrascendentes, demostración evidente de la perfección, la paciencia  y la laboriosidad, casi de orfebre, con la que el autor escribe su obra. Todo esto y muchas cosas más nos referirá el autor en “la nota histórica” del apéndice de la novela que, sin duda alguna, resulta imprescindible y de obligada lectura. Pero, dicho lo cual, voy a intentar ser lo más sistemático posible a la hora de acercarnos al análisis de “Circo Máximo” con la intención de no “perdernos” en la inmensidad de este amplio y profundo “mare nostrum” literario.



Como ya es habitual en estos análisis literarios, y por seguir un cierto orden, creo que lo más oportuno sería, llegados a este punto, pergeñar una breve sinopsis argumental de los hechos que acaecen en esta monumental novela (no sólo por su extensión 1200 páginas, sino también por su complejidad narrativa y temática). Para este fin creo que puede resulta adecuada la sucinta recensión que, con motivo de su publicación, ha editado la propia editorial Planeta, por lo cual paso, a continuación, a transcribirla literalmente.



“Circo Máximo es la historia de Trajano y su gobierno, guerras y traiciones, lealtades insobornables e historias de amor imposibles. Hay una vestal, un juicio, inocentes acusados, un abogado brillante, mensajes cifrados, fortalezas inexpugnables, dos aurigas rivales, gladiadores y tres carreras de cuadrigas. Hay un caballo especial, diferente a todos, leyes antiguas olvidadas, sacrificios humanos, amargura y terror, pero también destellos de nobleza y esperanza, como la llama del Templo de Vesta, que mientras arde, preserva a Roma. Sólo que algunas noches la llama tiembla. La rueda de la Fortuna comienza entonces a girar. En esos momentos, todo es posible y hasta la vida de Trajano puede correr peligro. Y, esto es lo mejor, ocurrió: hubo un complot para asesinar a Marco Ulpio Trajano”.



Durante estos días que he tomado de meditación, por considerarlos imprescindibles antes de escribir este análisis, llegué a la conclusión que debería planificarlo en dos vertientes, con la finalidad de contextualizar mi opinión. En primer lugar considerando “Circo Máximo” como una novela en particular, utilizando todos los recursos que, para este fin, ofrece la filología y, por otra parte, considerando esta obra inserta dentro de toda la producción literaria de Santiago Posteguillo. Creo que metodológicamente y, para la finalidad que persigue este análisis, lo más conveniente será comenzar por el estudio, aislado, de este libro.



Al principio de esta reseña me he referido a “Circo Máximo” como una novela histórica e indudablemente lo es, pero sin embargo, creo que, en cierto modo, se trata de una novela épica deudora de la tradición de la novela épica castellana. Fundamentalmente he encontrado, salvando las obvias distancias artístico-temporales, algunas interesantes similitudes entre el Cantar del Mio Cid (como singular ejemplo de la épica castellana) y este ciclo novelístico. Esta aseveración ya de por sí requeriría todo un estudio crítico pero, sin embargo, voy a intentar esbozar algunas razones para mantener esta opinión. Fundamentalmente serían dos, entre las muchas que se podrían citar. Por una parte el tratamiento que dan los autores a la figura de los protagonistas, ya sea “El Cid” o el Emperador Trajano y las cualidades que los adornan: sentido de la justicia, magnanimidad, fidelidad, honor, hombres de palabra…, así como el trazo con el que son caracterizados y tratados. Por otra parte por la narración tan cinematográfica y tan plástica con las que los autores, en ambos casos, describen las escenas. Mientras que el autor del Cantar agrupará estas escenas en “tiradas” Santiago Posteguillo las agrupará gracias a unas llamadas al lector que anteceden la escena marcándonos en qué lugar y en qué momento acontece la escena que nos está narrando. Por ejemplo para narrar la carrera de cuadrigas en el Circo Máximo utiliza algunas de estas escenas: En el palco imperial, En el palco de la vestales, Posición de salida, En la arena del Circo Máximo, En las gradas, etc, etc. Esta técnica tan visual resulta muy cercana a la gramática cinematográfica dotando a la narración de una poderosa fuerza, así como de una gran agilidad. El autor demuestra un gran conocimiento técnico y de los resortes necesarios para despertar y fijar la atención del lector a la hora de ir imbricando las tramas y las escenas. Profundizando en el examen particular de este aspecto resulta sorprenderte comprobar la perfección con la que Santiago Posteguillo sucede las escenas para dotarles de mayor efecto artístico. Resulta apabullante comprobar que, a modo de un castillo de naipes, su arquitectura es tan delicada y precisa que mover una sola escena de su lugar daría la sensación de desbaratar esa perfección de mecanismo de relojería suizo (helvético si se me permite la broma) y perjudicar el efecto final del relato.



La prosa que sirve de vehículo para narra esta novela y que emplea el autor es, por así decirlo, funcional. Esto es, el autor no va a pretender desviar la atención y el interés del autor con una prosa especialmente recargada, tanto en la propia estructura de las frases como en el uso del léxico empleado. En mi opinión la finalidad de esta aparente simplicidad de recursos tiene una clara finalidad de no “estorbar” la atención del lector de lo que el autor considera realmente importante que es, propiamente, el relato. Sin embargo no puedo obviar que he encontrado bastantes errores sobretodo, y en mi opinión, en la puntuación de las frases. Errores que, personalmente, siempre me molestan y me distancian porque me parece inexplicable que en grandes y excelentes editoriales, como indudablemente lo es la Editorial Planeta, se produzcan así como también algunos errores fruto de una cierta “desidia”.Y me duele especialmente porque son fácilmente subsanables y perjudican, al fin a y la postre, a la totalidad de la novela. Pondré simplemente un par de ejemplo al respecto



“Una vez en Densus hay que buscar la colina más elevada y allí, en lo alto, se vislumbrará la silueta de la iglesia medieval, el santuario cristiano más antiguo de Rumanía. Su fecha de construcción oscila entre el siglo III y el XIII, aunque todo parece indicar que, probablemente, se levantara en la época de los gépidos o quizá los avaros en la Alta Edad Media, aunque se concluyera definitivamente en el siglo XIII”.



“Las sármatas vaciaron los carros de cestos y cántaros vacíos e instalaron a los niños en el interior. Luego despojaron de todas las armas a los caballeros romanos abatidos. Tomaron los caballos y emprendieron el largo viaje hacia el norte”.



En el primer ejemplo he escogido este párrafo porque muestra un claro ejemplo de esta desidia que, por desgracia tanto abunda en infinidad de libros. Dado que Santiago Posteguillo nos habla de los gépidos, que fue un pueblo germánico que se asentó en la zona de Transilvania, resulta evidente que no se puede referir a los “avaros” sino a los ávaros, que fue un pueblo nómada que emigró hacia la Europa oriental y central en el siglo VI. En tanto que en el segundo ejemplo resulta evidente que los “caballeros romanos” serían más bien los “jinetes romanos”, si bien podía ser admisible esa acepción pero creo que, en nuestro tiempo, ha quedado absolutamente arcaica y puede inducir a error.


En un análisis literario otro de los factores de ineludible estudio es la caracterización de los personajes. Sin embargo, por razones metodológicas dejaré esta parte del análisis para un poco más adelante cuando estudiemos “Circo Máximo” dentro del contexto de toda la obra literaria de Santiago Posteguillo. Creo que el estudio de los personajes, inserto en el contexto de toda su obra, resultará más interesante para nuestro análisis. Aunque lo que sí puedo adelantar, tal y como el autor nos explica en su “nota histórica” del apéndice (que aprovecho para volver a recomendar encarecidamente su lectura), nos muestra su innata capacidad para mezclar los personajes de ficción con los históricos dándoles vida y verosimilitud a partes iguales. De hecho cuesta discernir dónde acaba la realidad y empieza la ficción. El autor, en un ejercicio de honradez intelectual y artística, nos mostrará todas “las cartas” del proceso creativo de su novela. No me puedo resistir, porque me parece de justicia, comentar que Santiago Posteguillo, como, por otra parte, todos los grandes autores, nos muestra su humildad y su bondad cuando nos dice en su “nota histórica” lo siguiente:



“Y no es mi deseo competir con el magnífico Javier Sierra y su maravilloso El maestro del Prado, pero para los que no puedan hacer viajes a lugares tan distantes como los montes Orastie, pueden, si lo desean, entretenerse buscando la escultura del guerrero dacio que se puede encontrar en una de las salas del Museo del Prado; así la Dacia, al fin y al cabo, no nos queda tan lejos”.



Y en este párrafo que acabo de transcribir se ve su grandeza porque, desde un punto de vista literario las diferencias entre ambas novelas y ambos autores resultan abismales y no resisten la comparación a favor del autor de “Circo Máximo” (quien tenga la curiosidad puede consultar la crítica que realicé pinchando el siguiente enlace “crítica de El maestro del Prado”).



Para estructurar un relato tan ambicioso y tan complejo como el de “Circo Máximo” el autor va a hacer uso de un narrador en tercera persona que casi, siempre, va a actuar acompañando la acción. Únicamente, en unos pocos casos, se apoyará en algunos “flashbacks” que retrotraerán la narración puntualmente. Por otra parte el narrador no hará prácticamente uso de la omnisciencia, con una evidente finalidad estética y narrativa. Una de las pocas veces que el autor muestra su omnisciencia sería la siguiente: “Necesitaron semanas para extraer todo el oro y la plata de aquella caverna, pero merecieron la pena”.



La lectura de “Circo Máximo” es todo un placer para los amantes de la Historia y también de la filología. De hecho nuestra filología, como es obvio, es claramente deudora de la lengua latina. Santiago Posteguillo nos muestran un nivel de conocimiento apabullante. Para las personas interesadas en esta época de la Historia Antigua es de obligada lectura los magníficos y documentadísimos apéndices que acompañan la novela: los glosarios de términos romanos y dacios, así como la monumental y erudita bibliografía que les acompaña. Si tuviese la fortuna de que Santiago Posteguillo pudiese leer este análisis literario me encantaría preguntarle, dado el rigor filológico con el que ha escrito el libro, una curiosidad. Me gustaría que me dijese por qué, después del uso tan esmerado de multitud de palabras latinas, sin embargo ha traducido al castellano los meses del año latino cuando, en mi opinión, hubiese sido más coherente haber respetado su denominación en la lengua latina.



Santiago Posteguillo se va a servir de la narración de una novela histórica de hace casi 2000 años, para fustigar y criticar los desmanes de nuestra sociedad actual y la crisis que, estamos padeciendo (y nunca mejor dicho). El intelectual, como es en nuestro caso el autor, no puede (ni debe) quedar impasible ante los problemas que asaltan las sociedades actuales. En estos momentos, más que nunca, de una total desorientación y crisis las gentes necesitan a los intelectuales como un claro referente. Voy a transcribir un párrafo en el que, como veremos, seguimos arrastrando los mismos problemas que ya tenían en el Imperio Romano y que, mientras el hombre pueble la faz de la tierra, seguirán existiendo.



“El puente que había ordenado construir sobre el Danubio también consumía muchos recursos. Quizá su esposa tuviera razón y su idea de Roma era demasiado... grande. Subir los impuestos parecía ser el único camino para disponer del suficiente dinero con el que acometer todos sus proyectos, pero aún dudaba. Si en efecto subía los impuestos al final el pueblo gastaba menos o buscaban subterfugios con los que eludirlos. Trajano no necesitaba de consejeros imperiales para saber eso. No había que ser ni un genio ni un filósofo griego para saber que a más impuestos menos gastaba la gente y la economía del Imperio terminaría en un colapso absoluto que no interesaba a nadie. Sólo los imbéciles eran incapaces de no ver algo tan sumamente simple”



En un análisis riguroso de esta novela no se debe pasar por alto una mención a cómo el autor narra las múltiples batallas que acontecen a lo largo de la novela. En este aspecto tengo que reconocer, sin ambages, que desde un punto de vista literario Santiago Posteguillo es, sin duda alguna, uno de los grandes narradores de estas escenas bélicas. Si intentamos profundizar en el análisis, con una lectura atenta, veremos cómo funciona el multiperspectivismo y cómo dota de profundidad narrativa a la acción. Sin duda alguna Posteguillo es, hoy por hoy, uno de los grandes autores en el dominio de esta faceta tan compleja y exigente de la narración. Sus relatos bélicos (y en general “de acción”) resultan impactantes y de un verismo que da la sensación de estar asistiendo a esos cruentos combates. Sin embargo, no debemos engañarnos, en su novela junto a estas escenas de acción trepidante hay algunas de un lirismo y de una belleza sorprendentes.



“Y el emperador cerró los ojos y lanzó aquella súplica a los dioses de la forma más humilde que pudo. Lo imploró con un fervor tal que en el cielo sus lágrimas silenciosas causaron emoción incluso entre las divinidades más gélidas”.



Especialmente me gustaría recomendar al lector que reparase en una escena que, en mi opinión, es magistral. Obviamente no daré muchas pistas para no reventar la novela porque lo que aconsejo es, sin duda alguna, su lectura. Cuando el autor narra el desfile triunfal del Emperador Trajano y de sus huestes a su llegada a Roma va a “contrapuntear” este relato, alternativamente, con fragmentos de la carta que le ha escrito la vestal Menenia… y no puedo decir más. Ruego al lector que repare en la técnica del autor y del “devastador” efecto literario y dramático que provoca en el lector.



Como bien sabéis todos los lectores habituales de este blog literario, uno de mis principios básicos a la hora de enfrentarme a un libro es no pronunciarme hasta haber terminado de leer su última línea. La experiencia de muchos años dedicados al estudio de la literatura me ha demostrado que, a veces, un final bien rematado puede conseguir redimir, en cierto modo, un libro mediocre. Santiago Posteguillo en el capítulo 166 y último de la novela titulado “Entrecruzados”, va a dar un repaso a las vicisitudes de todos los personajes principales de “Circo Máximo”, a modo de cuaderno de bitácoras de esta monumental novela. Por eso tengo que reconocer que me cuesta mucho pronunciarme sobre este libro, dado que se trata del segundo volumen de una trilogía. Esperaré ansiosamente la publicación de la novela que cierre esta trilogía sobre el Emperador Trajano para poder emitir un juicio completo acerca de esta magna obra literaria de Santiago Posteguillo. Sin duda este juicio podrá ser mucho más preciso al contemplar la obra completa en su integridad. Y, como comentaba al principio de este análisis, esto me da pie para hablar y contextualizar esta novela dentro de su producción y especialmente haciendo una analogía con su anterior trilogía completa dedicada a la figura de Publio Cornelio Escipión “El Africano”, compuesta por las novelas Africanus, Las legiones malditas y La traición de Roma. No puedo ocultar que considero al autor como uno de los grandes de la literatura histórica de la actualidad y no solo de la literatura española sino de la universal. Sin embargo, si tuviese que ponerle algún “pero”, a la luz de toda su producción literaria, sería su poca innovación estilística en sus novelas. Me explico. Santiago Posteguillo ha encontrado un esquema narrativo que, sin duda alguna, le ha reportado un gran reconocimiento, tanto por la crítica especializada como por el gran público y de una calidad literaria más que aceptable. Aunque en mi opinión todas sus novelas de tipo histórico mantiene exactamente ese mismo patrón tanto estructural como de personajes. Como comenté un poco más arriba he creído oportuno hablar de los personajes dentro del contexto general de toda su narrativa. A lo largo de su trilogía dedicada a Escipión, como en sus libros dedicados a Trajano veremos que los personajes mantienen multitud de características similares en cuanto a su caracterización y tratamiento, tanto en los personajes “positivos” como en los “negativos”. En mi opinión las similitudes entre el dibujo de “Escipión” y de “Trajano”, por poner un ejemplo palmario, tienen muchísimos puntos en común. Así como el excesivo “maniqueísmo” en los personajes malvados que son un cúmulo de maldades, sin dejar el menor atisbo a una perspectiva más equilibrada. Dicho de otro modo, los malos son malísimos, tremendamente malvados. Esa simplificación tan excesiva, a mi modo de ver, perjudica la credibilidad del relato.



Después de releer este larguísimo análisis literario dedicado a la novela “Circo Máximo” creo que ya no debo alargarme mucho más por haber superado, excesivamente, la extensión aconsejable para una reseña literaria. Y me da mucha pena porque cuando se trata de buenas novelas, como es el caso, siempre quedan multitud de detalles dignos de analizar en el tintero, en este caso en mi cuaderno de notas. Para terminar si me gustaría comentar, en líneas generales, y teniendo en cuenta todo lo ya expuesto con anterioridad, que “Circo Máximo” es una gran novela escrita por un autor que domina los resortes de la narrativa y que sabe insuflar a sus libros de un hálito de vida que, sin duda alguna, consiguen “enganchar” a los lectores. Desde este modesto blog literario me gustaría aprovechar para felicitar a Santiago Posteguillo por toda su obra narrativa que, debo reconocer, he leído completa (incluido su libro “La noche en que Frankenstein leyó El Quijote”) con auténtico placer y fruición.




Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo expuesto más arriba e intentando ser lo más fiel posible a mi conciencia y a modo de entender el arte de la literatura y conforme a todo lo expuesto a lo largo de este análisis literario, creo que la puntuación que más justicia haría a “Circo Máximo”, segundo libro de la trilogía dedicada al Emperador de origen hispano Trajano del gran escritor valenciano Santiago Posteguillo sería de un 9,00/10.



© Luis Alberto Cao



(Para ilustrar esta reseña os dejo el booktrailer del libro así como una entrevista que el autor concedió con motivo de la publicación de “Circo Máximo”)