domingo, 16 de junio de 2013

Las poseídas. Betina González



Título: Las poseídas.
Autora: Betina González
Editorial: Tusquets editores.
Colección: Andanzas.
ISBN: 978-84-8383-458-9
Fecha de publicación: Abril 2013.
Páginas: 184.
Precio: 16,00 €





“El pecado se transforma en verdadero placer
sólo cuando hay alguna posibilidad de que te descubran.
(Las poseídas. Betina González).


“Lo que más odia Dios después del pecado es la
tristeza porque nos predispone al pecado”
(San Agustín. Padre de la Iglesia. Siglos IV-V)






La escritora porteña Betina González es la autora de la novela “Las poseídas” que se ha hecho acreedora del prestigioso galardón literario “Premio Tusquets” de novela en su VIII edición. Dado el indudable prestigio artístico de dicho certamen, así como la elección de un, indudablemente, competente jurado presidido por Juan Marsé e integrado por Almudena Grandes, Juan Gabriel Vásquez, Fernando Aramburu y, en representación de la editorial, Beatriz de Moura que acordó, por mayoría, otorgar el galardón a “Las poseídas” y con estas, a priori, inmejorables cartas de presentación, he decidido traer a este blog literario esta novela para su reseña y análisis crítico.




A modo de marco general en el que circunscribir el ámbito crítico de este análisis me gustaría, desde el principio, hacer algunas precisiones y consideraciones previas (y en mi opinión necesarias). “Las poseídas” es una narración compleja, ardua, escrita, sin duda, con una pretensión claramente literaria y artística, como me detendré, con todo detalle, en ese análisis de la complejidad de la depurada técnica literaria utilizada en  su escritura. Sin embargo, al menos esa es mi opinión, la “historia” del relato que nos narra no alcanza ni la suficiente entidad literaria, ni el suficiente interés, como para atrapar, y mucho menos cautivar, al lector. Creo que más que hablar de una “historia” sería más adecuado referirse a una serie de “hebras” narrativas yuxtapuestas hilvanadas, con mayor o menor acierto que, además, se reducen a poco más de tres o cuatro. Por lo tanto, y a modo de una toma de posición general, creo que “Las poseídas” es una novela que queda, por así decirlo, literariamente desequilibrada y renqueante. Me explico. Como analizaremos a lo largo de la reseña es una novela escrita con una técnica apabullante y de una gran dificultad puesta al servicio de un relato, en mi opinión, deslavazado y en ciertos momentos anodina, que poco aporta a ese “subgénero” de la novela que podríamos definir como novela “de adolescentes”. Creo, honestamente, que la capacidad artística y técnica de la autora está muy por encima de la historia que nos cuenta. Me voy a permitir hacer una analogía, muy gráfica, para intentar clarificar mi opinión.  “Las poseídas” es como un coche deportivo último modelo, cuyo diseño nos deslumbra por su línea, por su aerodinámica, por la belleza de sus líneas… pero que, sin embargo, cuando salimos a carretera con él vemos que no puede pasar de 120 porque se ahoga…. En cualquier caso sobre éste y otros particulares recalaré, con más detenimiento, a lo largo de la reseña.




Como ya es habitual y por seguir un esquema lo más sistemático posible, creo que lo más adecuado y pertinente en este momento, especialmente de cara a los eventuales lectores de esta reseña y con la loable intención de situarles, sería esbozar, someramente, eso sí, una breve sinopsis argumental de los hechos que acaecen a lo largo de la novela. Para tal fin voy a transcribir, literalmente, la recensión que la propia editorial Busquets ha publicado.





“Una chica nueva, Felisa Walker, ingresa en un colegio religioso para niñas en la zona norte de Buenos Aires. Recién llegada de Londres, Felisa se convierte en el centro de atención por su actitud rebelde y su mal comportamiento, rodeada además por el aura «poética» que le dan sus aficiones artísticas, su perfecto inglés y su carácter tan impenetrable como independiente. Al menos así la ve López, la narradora, que no tardará en hacerse amiga suya. Las dos chicas viven entre las leyendas más o menos escabrosas que se cuentan en voz baja sobre el pasado del colegio, y algunos «peligros» más reales que se encuentran en sus cercanías. Pero poco a poco López irá descubriendo la historia de Felisa, que vive con su abuela después de la muerte de su madre en un accidente, y las razones de su comportamiento excéntrico y suicida, como si estuviera «poseída» por personas de su entorno”.




Como filólogo y, evidentemente, amante del lenguaje, es siempre un placer leer a autores con acentos hispanoamericanos y disfrutar de ese castellano tan hermoso y repleto de sonoridades que se habla al otro lado del Atlántico. Español de una belleza y una riqueza léxica que no puede dejar de evocarme vocablos y expresiones que, prácticamente, ya han fenecido en el olvido en el castellano que se habla en España. Entiendo que habrá lectores, a este lado del océano, que les resulte, en algunos momentos, de una difícil comprensión. Sin embargo, a poco que nos esforcemos y nos dejemos llevar por la belleza de su sonoridad nos sentiremos ampliamente recompensados. Voy a transcribir un hermoso fragmento en el que se aprecia ese uso tan propio del léxico del español que se habla en Argentina.


“Ese día, todo había empezado mal. Su padre estaba con gripe y su madre no sabía manejar, así que había tenido que tomar el colectivo. Como llovía, había salido con anticipación, preocupada por llegar tarde; era la segunda o tercera vez que iba sola al colegio y no estaba segura de la parada en la que tenía que bajarse”.




Betina González es una escritora técnicamente muy dotada y que, como iremos comprobando a lo largo de este análisis, va a utilizar varios recursos, sobre todo en relación con la figura del narrador, que nos van a permitir tomar distintas perspectivas de la narración. En primer lugar me gustaría analizar el uso que la autora hace de la figura del narrador, que en esta novela resulta clave y determinante a lo largo del relato. En principio la autora nos plantea un relato en primera persona, en tiempo pretérito y de un autor omnisciente. Sin embargo, conforme va a avanzando el relato, Betina González, y dependiendo de su intención estética y narrativa, provoca una “bilocación” en el persona principal, María de la Cruz López. Esa “bilocación”, esa “esquizofrenia” nos la muestra la autora, por una parte, con escindir en dos al personaje principal, con acusadas diferencias, refiriéndose a él como “López” o como “Cruz”. El narrador, en este caso la narradora, se referirá a López utilizando la tercera persona del singular, mientras que para poner voz a Cruz mantendrá la primera persona.  A lo largo del texto la autora va a fluctuar entre los distintos aspectos del verbo. Esta “fluctuación” provocará una interesantísima “inestabilidad” casi temporal. Lamento, profundamente, no poder extenderme en las consideraciones técnicas de esta novela pero creo que, sin duda alguna, serían excesivas e inapropiadas para esta reseña. Eso sí, al menos, me voy a permitir sugerir al lector que profundice en el estudio de estos aspectos técnicos que, sin duda alguna, es lo mejor de la novela. Al respecto de esta “bilocación” de la protagonista voy a transcribir un fragmento que, en mi opinión, puede resultar bastante ilustrativo.



“Fue en ese momento, en la biblioteca, la primera vez que me vi como me veía la hermana Virginia. Como realmente era. No como López (López había desaparecido ese domingo en el auto de Nicolás Arguibel). Ni siquiera como María de la Cruz. Vi lo absurdo de cualquier resistencia, de la rebelión tan esperada. Vi mi vulgaridad; la trama que me excedía.”




Un poco más arriba comentaba que, al igual que técnicamente me ha resultado especialmente interesante, no podía decir lo mismo de la narración en sí. Betina González nos plantea un relato previsible y, en mi opinión, carente, sobre todo, de originalidad. Un texto desigual y que en algunos momentos resulta lento y aburrido. Como advertía al principio de la reseña, sostenido sobre dos o tres hebras argumentales de una consistencia narrativa, cuanto menos, precaria.




El dibujo de los personajes que aparecen en la novela es muy desigual y, en la mayoría de los casos, demasiado simplista. Este exceso de simplicidad bien podría justificarse gracias a que la visión que tenemos de ellos es a través de la mirada, tan subjetiva, de la protagonista. De alguna manera eso podría explicar ese diseño de personajes tan simples, lineales y maniqueos que sustentan “Las poseídas”, pero en ningún caso, debería justificarlo.




Una de las “hebras” narrativas que configuran el texto es la relativa a la aparición de un exhibicionista mostrándose a las niñas a la salida del colegio. Siendo honesto os diré que no he conseguido entender, después de releerlo, la razón, dentro de la dinámica de la novela, de este “inserto”. Tan inexplicable, en su aparición en la novela, como en la “sorprendente” (en el sentido menos positivo) resolución. Lo único salvable de esta subtrama sería un párrafo en el que Betina González nos deja una interesante y humorística reflexión.



“El hecho de que el tipo se animara a exponer su miembro en estado vegetativo era de por sí bastante ponderable. Porque en el fondo, para cualquier chica es una suerte que su primer encuentro con el miembro viril suceda con la cosa en reposo. Desaparecen la mayoría de las advertencias, de las hipérboles y de las metáforas y lo único que queda es (lamentable imagen, hay que reconocerlo, pero es la que Marina usó en su relato) «algo que cuelga», un pedazo de carne más parecido a un sobrante o a una malformación que a lo único que, según el farsante de Viena, quieren todas las mujeres.”




Llegados a este punto, y para no alárgame mucho más de lo necesario, en este análisis tan técnico sobre esta novela, que, en mi opinión, resultaba necesario e ineludible, me gustaría dar mi opinión alejándome del prisma del crítico literario para acercarme a la opinión, como simple lector, de “Las poseídas”. La autora en esta, su segunda novela, nos plantea una narración errática que no consigue prender al lector. Un libro que tras su lectura dejará mucho más interrogantes de los que plantea y que va, en mi opinión, claramente, del más al menos. Terminando la novela en un final “semiabierto” que, por una parte era previsible, mientras que por otra deja la novela en estado “inconcluso”. Sin embargo es justo reconocer que el “arranque” de la novela resulta muy interesante y turbador, empezando por la magnífica cita del gran filósofo sueco del siglo XVIII Emanuel Swedenborg. Voy a transcribir, en primer lugar, esa cita y a continuación el “inquietante” comienzo de esta novela.




“Lo que es inocencia y cuál es su carácter es poco conocido en el mundo, y absolutamente desconocido por los que se hallan en el mal; aparece por cierto delante de los ojos por conducto del rostro, del habla y de los gestos, principalmente en los niños; sin embargo, se ignora lo que es, y ninguna idea se tiene de que en ella se oculta el cielo en el hombre.”



“—Me voy a matar.
Felisa me miró a los ojos y, como todo el mundo, no vio nada en ellos. No éramos amigas. No entendí por qué me hacía cómplice de su plan, si es que de verdad tenía uno. Opté por el humor.
—Esperá unas semanas porque si no nadie se va a enterar. Para dramas, alcanza con el de la hermana Silvia.
Quise sonar graciosa, pero las palabras pesaron en el aire del baño, se enroscaron en el humo de nuestros cigarrillos y dieron de lleno en los ojos de Felisa, que se hicieron más chicos: dos dardos negros, de realeza ofendida.
—No me creés.
—Todas nos queremos matar en algún momento.
—Todas.”




En este último ejemplo se aprecia, con toda claridad, la omnisciencia con que la autora nos presenta al narrador, en nuestro caso a la protagonista y como le hace tomar distancia respecto al relato (ya ocurrido) que nos está narrando.



A modo de resumen final, y para no alargarme mucho más, creo que “Las poseídas” de la escritora porteña Betina González es una novela interesante, desde un punto de vista técnico y literario, pero que, por desgracia, no consigue articular una trama que capte el interés del lector, entre otras causas, porque la autora se pierde en subtramas vacuas que poco o nada aportan al lector ni a la trama principal. Añadir, además, que, especialmente, he tenido la sensación al leerla que se trataba de una novela “pastiche” que, personalmente, no me ha aportado, temáticamente nada de interés (todo lo contrario que por su interés técnico). En cualquier caso os confieso que tengo mucho interés por leer su anterior novela para, de este modo, poder tener una visión más amplia de la obra de esta autora, por otra parte, gran conocedora del oficio y de la técnica literaria. Para terminar os voy a comentar algo con toda honestidad. Cada vez que escribo una reseña que nos es especialmente positiva creedme que lo paso mal. Lo paso mal porque sé el esfuerzo titánico que representar  escribir una novela. Pero también tengo claro que, por supuesto, siempre dentro de la máxima educación y respeto a los autores, mi obligación ante mi conciencia y mis lectores es ser honesto con mi manera de entender el arte literario y dar mi opinión, tal vez no sea la acertada (el arte admite múltiples interpretaciones, y todas válidas), pero lo que sí puedo decir es que es mi opinión asentada en muchos años dedicados a la crítica literaria y en mi formación literaria.




 Dicho todo lo cual, ateniéndome a todo lo ya referido, con anterioridad, en esta reseña e intentando ser lo más fiel posible a mi modo de entender la crítica literaria, creo que la puntuación más ajustada para valorar los méritos de la novela “Las poseídas” de la escritora argentina Betina González sería de un 6,50/10.


© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo una entrevista realizada a la autora, Betina González, con motivo de la publicación de su novela "Las poseídas")

domingo, 9 de junio de 2013

El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín Fenollera.



Título: El despertar de la señorita Prim.
Autor: Natalia Sanmartín Fenollera.
Editorial: Planeta.
Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos.
ISBN: 978-84-08-05987-5
Fecha de publicación: 4 de abril de 2013.
Páginas: 352.







“No me buscarías sino me hubieses encontrado ya” (Blaise Pascal)


E temo e spero; ed ardo e son ghiaccio. (Y temo y espero; y ardo y soy hielo)
(Francesco Petrarca. Cancionero)


“El staretz Ambrosio no dividía los problemas en grandes o pequeños,
como hace todo el mundo. Decía siempre que los ángeles están
en las cosas sencillas, que nunca hay ángeles donde las cosas
son complicadas. Él pensaba que lo pequeño es importante”.
(El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín Fenollera).







Os tengo que confesar, antes de empezar esta reseña, que ya desde el momento en que elegí leer esta novela, con objeto de analizarla y reseñarla, iba teniendo la difusa sensación de estar viviendo, en cierto modo, un “déjà vu” literario. Intentaré explicarme. Cuando empecé a leer la novela sentí la ya mencionada sensación de haber transitado ya, por decirlo de algún modo, por ese terreno que nos plantea la autora. Mi desazón me obligo a revisar, concienzudamente, mi biblioteca para encontrar esa similitud que, constantemente, me zahería a cada página que leía. Afortunadamente encontré esa novela que, en algunos aspectos e involuntariamente, me resultaba tan familiar. La novela a la que me refiero es un libro del escritor brasileño Paulo Coelho, que leí hace ya 10 años y que se titula “El demonio y la señorita Prym”. Aparte de la curiosa coincidencia del nombre de la protagonista, tanto su temática como su “derivada” de libro de autoayuda, tiene algunos puntos en común.  Supongo que a Natalia Sanmartin Fenollera, probablemente, le ocurrió algo parecido a lo que me sucedió a mí y, tal vez, en algún lugar oculto de su memoria quedara esta novela en su inconsciente y a la hora de concebir su texto influyese en su novela. Tengo que reconocer que, personalmente, no me suelen gustar las novelas de tipo “autoayuda” o “new-age”, fundamentalmente porque, en mi opinión, suelen tener una calidad literaria paupérrima. Sin embargo, y ya intentando dar un marco general a mí opinión sobre la que gravitará todo el análisis posterior, tengo que reconocer que “El despertar de la señorita Prim”, cuanto menos, me ha parecido una novela interesante llena de referencias literarias; en definitiva, una novela escrita, entre otras razones, con la loable intención de aumentar tanto el bagaje cultural del lector como su capacidad para apreciar y disfrutar la belleza clásica.  Más adelante, y de un modo más minucioso y exhaustivo, analizaré y justificaré mi opinión al respecto.




Como ya suele ser habitual y antes de entrar en el análisis, propiamente dicho, de “El despertar de la señorita Prim” creo que lo más coherente y apropiado sería, con la loable intención de situar al eventual lector de estas páginas, proceder a resumir, someramente, los hechos más relevantes que acaecen en la novela. Para este fin creo que la breve recensión que publica la editorial Planeta resulta adecuada y conveniente para el fin que perseguimos, por lo cual pasaré a transcribirla literalmente a continuación:




“Atraída por un sugestivo anuncio, Prudencia Prim llega a San Ireneo de Arnois, un pequeño lugar lleno de encanto cuyos habitantes han decidido declarar la guerra a las influencias del mundo moderno. La señorita Prim ha sido contratada para organizar la biblioteca del Hombre del Sillón, un hombre inteligente, profundo y cultivado, pero sin pizca de delicadeza. Pese a las frecuentes batallas dialécticas con su jefe, poco a poco la bibliotecaria irá descubriendo el peculiar estilo de vida del lugar y los secretos de sus nada convencionales habitantes.



Narrado con ingenio, brillantez e inteligencia, El despertar de la señorita Prim nos sumerge en un inolvidable viaje en busca del paraíso perdido, de la fuerza de la razón y la belleza y de la profundidad que se esconde tras las cosas pequeñas”.




Dado que este libro me ha resultado especialmente rico, en cuanto a su capacidad de  evocación y sugestión de bastantes temas que han contribuido a mi reflexión, intentaré ser lo más sistemático posible a la hora de analizar esta novela. Al final de la reseña, en la parte más dedicada al comentario, me gustaría abordar algunas cuestiones que propone la autora en su libro y que, en mi opinión, que puede resultar interesante detenerse en ellas.




 “El despertar de la señorita Prim” se desarrolla en un pequeño en un pueblo utópico, llamado San Ireneo de Arnois. En este caso he utilizado la palabra utópico tanto en su significado etimológico (del griego ou “no”, “topos” lugar), como en su valor conceptual de “representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de este” tal y como lo introdujo, en su obra homónima, Tomás Moro.  Al principio de la reseña comentaba la similitud, en algunos detalles, de esta novela con “El diablo y la señorita Prym” de Coelho. Pues bien en el caso de la novela de Coelho podríamos hablar más de una distropía, mientras que en el caso que nos ocupa sería más bien, en mi opinión, una clara utopía. En esta novela la autora nos plantea, en este lugar utópico, la vuelta a los valores del pensamiento “clásico”, propugnando una especie de vuelta a un nuevo “renacimiento” cultural apoyándose en los valores, especialmente pedagógicos, de las culturas griegas y romanas. Este modelo de educación “clásica” imperante en San Ireneo de Arnois queda claramente expuesto en un fragmento de la novela Gargantúa y Pantagruel de Rabelais que la autora nos cita en la novela y que voy a transcribir a continuación:




“Dispongo y quiero que aprendas las lenguas a la perfección: la primera de todas, la griega, como lo manda Quintiliano. Y la segunda, la latina. Y, después, la hebrea, para las Sagradas Escrituras; y la caldea y la arábiga también.




Y en la griega has de formarte en el estilo de Platón; y con el de Cicerón en la latina. Que no haya historia que no tengas presente en la memoria, para lo cual te servirá de ayuda la cosmografía de los que de eso escribieron. De artes liberales, de geometría, de aritmética y de música algún gusto ya te hice coger cuando tenías cinco o seis años. Sigue con lo que te falta y aprende todos los cánones de astronomía”.




Si analizamos, desde un punto de vista filológico su estructura interna, comprobaremos que es un novela narrada de un modo lineal y cronológico. Las únicas referencias al pasado serán puestas en “boca” de los personajes o bien mediante reflexiones subjetivas o bien verbalizadas en forma de recuerdos. En el texto aparece un narrador omnisciente en tercera persona que, con su narración, acompañará el decurso del relato. Me ha interesado especialmente el magnífico uso que la autora hace del tiempo narrativo. Voy a transcribir un ejemplo, que aparece al comienzo de la novela, y con el que Natalia Sanmartín Fenollera nos va a describir, de un modo tremendamente escrupuloso, el transcurso temporal, en este caso simultáneo, de las acciones narrativas en una escena. Estéticamente esta escrupulosidad tan kantiana (es sabido que el gran filósofo Inmanuel Kant era un hombre tan metódico en sus costumbres que sus vecinos al verle pasear por las calles ponían los relojes en hora) nos va a introducir y caracterizar ese microcosmos que representa el pueblo de San Ireneo de Arnois y sus habitantes, siendo un técnica muy eficaz, en términos de economía lingüística y narrativa.




“Exactamente en el mismo momento en que el pequeño Septimus se desperezaba tras su siesta, metía sus dos pies de once años en unas zapatillas para unos pies de catorce y se acercaba a la ventana de su cuarto, la señorita Prim cruzaba la oxidada verja del jardín”.





La autora utiliza para narrarnos esta novela, fundamentalmente, una técnica “discursiva” que prevalece, claramente, sobre la descriptiva. Esta decisión estilística condiciona toda la narración de la novela dotándola de una mayor agilidad. Respecto a la prosa me gustaría apuntar que me ha parecido bastante simple, pero funcional, con una ausencia, casi total, de recursos retóricos dignos de mencionar en un análisis literario. Respecto al “dibujo” de los personajes creo que la autora se muestra desigual en cuanto a su trazo. Me explico. A lo largo de “El despertar de la señorita Prim” aparecen algunos personajes, como sin duda alguna la protagonista, Prudencia Prim, que evolucionan a lo largo de sus páginas. Son personajes con profundidad y, en definitiva, hechos de carne y hueso. Sin embargo, junto a ellos, encontramos algunos personajes más planos y “maniqueos”. Especialmente me han defraudado los personajes masculinos, más estereotipados y carentes de la profundidad en comparación con sus homólogas femeninas. El personaje de “el hombre del sillón” muestra un hieratismo y un desarrollo tan plano que, en algunos momentos, me han parecido excesivos. Otro personaje excesivamente plano y desdibujado es el del “viejo monje” que transita por los, en mi opinión, trillados senderos de la “moralina” de la autoayuda. Pero, en contraposición, sí me han interesado la mayoría de los personajes femeninos que, aunque su aparición sea episódica, sí transmiten la sensación de vitalidad y no de ser de “cartón piedra”. Como por ejemplo el personaje de la madre de “el hombre del sillón” en el que Natalia Sanmartín sí logra darle una verosimilitud y una profundidad que en algunos momentos sí consiguieron conmoverme.




No me atrevería a decir, taxativamente, que “El despertar de la señorita Prim” es una novela culta (no confundir, por favor, con “de culto”), pero sí es una novela que requiere, para apreciarla en su plenitud, una cierta cultura. Las referencias que aparecen a la cultura clásica son constantes y por cierto, en algunos casos, muy enriquecedoras así como las referencias literarias. Pondré un ejemplo para explicarme mejor. A lo largo de la novela se cita un libro  (es más bien un cuento) de Edgar Allan Poe titulado: “La carta robada” y se habla de la importancia que tiene para entender la novela. Y, efectivamente, así es. Marta Sanmartin Fenollera parece sobreentender, de un modo implícito, que todo el mundo va a entender esa referencia y su relación con esta novela. Con el fin de aclarar y facilitar al lector la comprensión de la novela voy a hacer un breve resumen de este cuento policiaco de Poe, para que el lector extraiga sus conclusiones. “La carta robada” es un cuento protagonizado por el célebre detective de las novelas de Poe, Arsenio Dupin: “En las cámaras reales se ha producido el robo de una carta, que por su contenido, tiene un relevante valor político. El sospechoso es el Ministro D. La policía inspecciona la mansión del Ministro pero no logra encontrar el “cuerpo del delito”. Dupin toma el mando de la investigación y poniéndose en la mente del sospechoso se dio cuenta que el lugar más seguro, en donde la policía no buscaría, sería el sitio más simple y más visible”.




A lo largo de “El despertar de la señorita Prim” la autora va a homenajear a grandes obras de la literatura, especialmente a aquellas escritas por mujeres. En este desfile de grandes obras nos encontraremos, por supuesto, con las de Jane Austen, especialmente “Orgullo y prejuicio” (que tendrá una cierta importancia en el desarrollo de la novela, en especial los comentarios sobre uno de sus protagonistas masculinos, el señor Darcy) y la famosa novela “Mujercitas” de Louisa May Alcott. Resulta interesante esta contraposición entre las novelas “clásicas” y estás novelas, injustamente desdeñadas, por los sectores más “reaccionarios”, culturalmente hablando. que aparecen en la novela.




Los lectores habituales de este blog literario saben que, por lo general, suelo ser muy crítico con las novelas que terminan en un final abierto. He recibido bastantes correos electrónicos en el que pedíais que me explayase un poco sobre el por qué suelo ser tan refractario a los finales abiertos. Digamos, por expresarlo de algún modo, que existen, groso modo, dos grandes tipos de finales abiertos. Uno de ellos es cuando resulta evidente que el escritor carece de la técnica y talento necesario para “rematar” una novela (en este blog literario hay algunos ejemplos evidentes, pero me permitiréis que, por respeto, a sus autores los omita). Es, en esos casos, cuando soy tremendamente crítico con esos finales, que más que “abiertos” los podría definir como la perpetración de una “tomadura de pelo” literaria. Sin embargo, dentro de los finales abiertos, existe, cuanto menos, otra categoría y es la de novelas que por un motivo estético y formal nos sugieren un final abierto. En esta última categoría podríamos incluir “El despertar de la señorita Prim”. Me ha gustado ese final abierto, ese final que deja al lector con un dulce sabor de boca, paladeando lo que cree que terminará sucediendo. Un final poético y que a partir de un hermoso “pianissimo” suspende, más bien diría alarga y dilata la acción después de cerrar el libro, “ad infinitum”.




De nuevo, y una vez más, tengo que lamentar que en mi cuaderno de apuntes vayan a quedar tantos comentarios y tantos detalles técnicos, sepultados en el olvido, dignos de ver la luz de aparecer en este análisis literario. Tristemente, y como es habitual, no puedo, ni debo, excederme en demasía, para no traicionar la razón de ser de una reseña literaria. Al principio de este análisis avanzaba que, en la parte final de la reseña dedicaría unas líneas al comentario personal que me ha sugerido la lectura de “El despertar de la señorita Prim”. Es indudable el auge que, de un tiempo a esta parte, está teniendo la literatura de “autoayuda” o de tipo “new-age”. Personalmente nunca me han interesado, literariamente hablando, por su ramplonería artística y creativa. Los autores de estas novelas se dedican a mezclar una serie de “saberes” ancestrales y de “Perogrullo” metiéndolos con calzador en historias, por lo general, insulsas y banales. En el caso de “El despertar de la señorita Prim”, que como ya comenté considero que es una novela interesante, y mucho más tratándose de una autora novel, lo que menos me ha gustado, con diferencia, es esa parte de “autoayuda”, especialmente el final de la conversación con Lulú Thiberville con la protagonista, así como toda la parte con el viejo monje. Lamentablemente esta parte, en mi opinión, es la más floja de toda la novela, porque se deja arrastrar por esa corriente de la que uno de sus más relevantes cultivadores es Paulo Coelho, precisamente el autor de la novela “El diablo y la señorita Prym”.




Natalia Sanmartín Fenollera nos pone, en boca de sus personajes, algunos pensamientos y reflexiones que no nos dejaran indiferentes, sobre todo en lo relativo a la educación y la pedagogía. No me resisto en transcribiros un par de fragmentos de estas hermosas y profundas reflexiones que, después de leerlos con atención, nos darán mucho que pensar.




“Los jóvenes de hoy en día extienden la niñez más allá de lo que corresponde cronológicamente, son inmaduros e irresponsables a una edad en la que ya no deberían serlo. Pero al mismo tiempo pierden muy pronto la candidez, pierden la inocencia y la frescura. Le sonará extraño lo que voy a decir, pero envejecen pronto”.




“El escepticismo siempre se ha considerado una enfermedad de la madurez, Prudencia, pero poco a poco ha dejado de serlo. Todos esos niños han crecido ignorando los grandes ideales, aquellos que forjaron a las viejas generaciones a través de los siglos y las hicieron fuertes. Se les ha enseñado a mirarlos con desdén o a sustituirlos por un “algo” empalagoso y sentimental que muy pronto les indigesta y desilusiona. Y con ello matan lo más valioso (yo diría que lo único verdaderamente valioso) que posee la juventud respecto a la madurez. Es terrible tener que hablar así, no crea que no me doy cuenta”.




A modo de resumen final me gustaría reincidir en algunos aspectos. “El despertar de la señorita Prim” me ha parecido una novela muy interesante, un texto que pretende llegar un punto más allá de las novelas que se escriben en la actualidad. Natalia Sanmartin Fenollera no propone un texto con multitud de citas “cultas” que, tal y como decía el aserto clásico “pretende instruir mientras distrae”. Como crítico literario me apena profundamente la deriva de “autoayuda” del final de la novela, pero no puedo, cuanto menos, que felicitar a Natalia Sanmartin Fenollera por su novela y, sobre todo, por algunos momentos de su libro en los que brilla su afán e interés por crear literatura (con mayúsculas). Desde este blog literario le deseo mucha suerte es en sus próximos proyectos literarios.





Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo expuesto más arriba e intentando ser lo más fiel posible a mi conciencia y a modo de entender el arte de la literatura, creo que la puntuación que más justicia haría a “El despertar de la señorita Prim” de la joven escritora Natalia Sanmartín Fenollera sería de un 7,50/10.




(P.s: A lo largo de esta reseña he deslizado, voluntariamente, un “gazapo”. He cometido un pequeño error y, gracias a la idea que ha tenido una lectora de este blog, una de mis seguidoras más habituales en todas mi publicaciones, os propongo que descubráis, de modo excepcional y en homenaje a esta amiga, dónde está el gazapo. Las personas que creáis haberlo descubierto dejad un comentario con la solución, posteriormente dejaré un comentario con descubriendo el “gazapo”. Espero que lo encontréis enseguida y os resulte divertido).


© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo el booktrailer de  la novela)




domingo, 2 de junio de 2013

El guardián invisible. Dolores Redondo.



Título: El guardián invisible.
Autor: Dolores Redondo.
ISBN: 9788423341986
Editorial: Destino.
Colección: Áncora & Delfín.
Encuadernación: Rústica con solapas.
Fecha de publicación: 15 de enero de 2013.
Páginas: 440.
Precio: 18,50 €







“Hay ocasiones en que el dolor es tan grande y está tan enquistado que uno desea y cree que se quedará así para siempre, escondido y callado, sin querer afrontar el hecho de que los dolores que no han sido llorados y expiados en su momento regresan una y otra vez a nuestras vidas como restos de un naufragio, van llegando a la playa de nuestra realidad para recordarnos que hay toda una flota fantasma hundida bajo las aguas que jamás nos olvida y que irá regresando poco a poco  para esclavizarnos de por vida”. (El guardián invisible. Dolores Redondo)






“El guardián invisible” es la segunda novela de la escritora donostiarra Dolores Redondo, su primera novela fue “Los privilegios del ángel”, y que parece ser que será, a su vez, la primera parte de una trilogía (“La trilogía del Baztán”). Llevaba tiempo con la intención de leer y reseñar esta novela, fundamentalmente porque, como bien sabéis los lectores habituales de este blog literario, siempre he considerado la “novela negra” como uno de los géneros más complicados de la novela. Y, por lo tanto, tenía curiosidad por leer este libro que, por otra parte, ha tenido una más que apreciable aceptación por parte de la crítica especializada y de los lectores. Pues bien bajo estas premisas he leído “El guardián invisible” y, como es habitual, me he esmerado en forzar mi capacidad crítica y analítica, abstrayéndome de todas estas consideraciones previas respecto a su éxito comercial.  Antes de entrar, propiamente, en el análisis os confesaré que he tenido que leer dos veces la novela porque después de la primera lectura me sentí, por así definirlo, perplejo. Sí, perplejo. Porque a pesar de haber leído con toda atención “El guardián invisible” con el cuaderno de notas al lado, tenía la sensación de que “algo” se me había escapado, se me había pasado por alto. Y después de la segunda lectura, ya estando sobre aviso de lo que ocurre al final de la novela, ya me siento capacitado para poder escribir, con toda propiedad, conocimiento de causa y el rigor necesario, esta reseña.



A modo de marco general del tono en el que se desarrollará este análisis y “groso modo”, sí me gustaría hacer algunas precisiones. La sensación que he sentido conforme leía “El guardián invisible” ha ido cambiando a lo largo de la lectura. Pero, en líneas generales, me ha resultado una novela interesante pero desigual por momentos. Precisamente la parte que menos me ha gustado ha sido la relativa, propiamente, a la trama correspondiente a la novela negra. Esto es, todo el proceso de la investigación para resolver esa cadena de crímenes acaecidos en el valle del Batzán. A lo largo de esta reseña me detendré en analizar el por qué, en mi opinión, sea, tal vez, la parte más floja de la novela. Sin embargo sí me ha interesado, y mucho, todo ese torturado mundo interior de la protagonista, la inspectora Amaia Salazar, y ese ambiente que Dolores Redondo ha sabido crear en el pueblo de Elizondo (Navarra) en pleno valle del Baztán. Y, por supuesto, toda esa inquietante atmósfera, en algunos momentos casi onírica, de irrealidad y llena de fuerzas telúricas y seres quiméricos de la mitología vasco-navarra.




Antes de entrar en el análisis en profundidad creo que lo más adecuado y pertinente, llegados a este momento, sería pergeñar, someramente, una breve sinopsis argumental de los sucesos que acaecen a lo largo de “El guardián invisible”, con la loable intención de situar al eventual lector de estas líneas. Para dicho fin he escogido la reseña que ha preparado la propia editorial Destino de la novela, especialmente porque refleja algunos de los puntos más importantes del libro pero que, sin embargo, no revela ningún dato fundamental que perjudique el interés del lector de la novela. Dicho lo cual paso a transcribir literalmente la sinopsis argumental de “El guardián invisible”:




«Ainhoa Elizasu fue la segunda víctima del basajaun, aunque entonces la prensa todavía no lo llamaba así. Fue un poco más tarde cuando trascendió que alrededor de los cadáveres aparecían pelos de animal, restos de piel y rastros dudosamente humanos, unidos a una especie de fúnebre ceremonia de purificación. Una fuerza maligna, telúrica y ancestral parecía haber marcado los cuerpos de aquellas casi niñas con la ropa rasgada, el vello púbico rasurado y las manos dispuestas en actitud virginal.»En los márgenes del río Baztán, en el valle de Navarra, aparece el cuerpo desnudo de una adolescente en unas circunstancias que lo ponen en relación con un asesinato ocurrido en los alrededores un mes atrás. La inspectora de la sección de homicidios dela Policía Foral, Amaia Salazar, será la encargada de dirigir una investigación que la llevará devuelta a Elizondo, una pequeña población de donde es originaria y de la que ha tratado de huir toda su vida. Enfrentada con las cada vez más complicadas derivaciones del caso y con sus propios fantasmas familiares, la investigación de Amaia es una carrera contrarreloj para dar con un asesino que puede mostrar el rostro más aterrador de una realidad brutal al tiempo que convocar a los seres más inquietantes de las leyendas del Norte.





Dado que en mi cuaderno de notas se abigarran decenas de notas y detalles, que merecerían la pena aparecer en este análisis, voy a intentar ser los más sistemático y riguroso posible a la hora de estructurar esta reseña para, de este modo y en aras a la máxima claridad, abarcar los puntos miliares que sustentan la arquitectura narrativa de esta novela. Dolores Redondo nos plantea en “El guardián invisible” una narración cronológica y lineal a excepción de algunos fragmentos, claramente identificados tipográficamente, que nos retrotraen de la mano de la protagonista, la inspectora Amaia Salazar, a algunos recuerdos traumáticos de su infancia que dejaron en ella una huella indeleble y traumática. Es, especialmente, en estos insertos retrospectivos en donde la autora, con una sabia dosificación del relato, va a permitir atisbar al lector uno de los puntos, sin duda alguna, medulares de todo el relato.




Uno de los aspectos que, en mi opinión, sería ineludible a la hora de analizar “El guardián invisible” sería entrar en un profundo estudio del uso de la prosa por parte de Dolores Redondo. Evidentemente, por razones materiales y propias del carácter de lo que debe tener una reseña literaria, no voy a poder profundizar con el rigor filológico que sería necesario, pero dicho lo cual intentaré sintetizar mi opinión sobre este aspecto de la novela analizada. La prosa que utiliza la autora en esta novela resulta simple, pero sin embargo efectiva tanto en cuanto a su construcción, como en su campo semántico. A continuación voy a transcribir, literalmente un breve fragmento, a modo de ejemplo, que utilizaré para intentar analizar la prosa de nuestra autora




“El bosque siempre le producía un secreto orgullo de pertenencia, aunque su grandiosidad también le provocaba temor y vértigo. Sabía que lo amaba, pero el suyo era un amor reverente y casto que alimentaba en silencio y en la distancia. Cuando tenía quince años se había unido temporalmente a un grupo de senderistas de una sociedad montañera. Caminar en la bulliciosa compañía del grupo no había resultado tan gratificante como cabía esperar, y después de tres salidas lo dejó. Sólo cuando aprendió a conducir volvió a adentrarse en las pistas forestales, atraída una vez más por el hechizo del bosque. Descubrió asombrada que estar sola en el monte le producía una inquietud aterradora, la sensación de ser observada, de estar en un lugar prohibido o de estar cometiendo un acto de expolio contra una reliquia”.




Si observamos con atención este ejemplo, creo que paradigmático de su prosa, comprobamos que las frases, más bien breves, suelen ser coordinadas y en una clara estructura bimembre con una coordinación adversativa. Este uso de coordinadas adversativas resulta muy interesante desde un punto de vista lingüístico pero la profundización en este aspecto sería excesiva. Este tipo de frases suelen dotar de agilidad al relato, a pesar de tratarse de un fragmento meramente discursivo. En este fragmento también se observa el uso que Dolores Redondo hace de la figura del narrador. Evidentemente se trata de un narrador omnisciente, pero nos permite comprobar que, de un modo indirecto, utilizará esa omnisciencia para poner voz subjetiva a la protagonista. Este uso permite dar profundidad al personaje protagonista pero, a su vez, nos da ese distanciamiento, tan necesario en esta novela, que nos ofrece la voz del narrador. En mi opinión y después de la lectura de la novela, este punto de vista resulta clave para entender y analizar “El guardían silencioso”. Conforme avanzaba en la lectura de la novela no pude sustraerme a comparar, salvando las distancias tanto estéticas como temporales, la prosa de Dolores Redondo con la prosa de un ilustre paisano suyo, el donostiarra D. Pío Baroja. En su tiempo el inmortal escritor vasco fue, en mi opinión, excesivamente vituperado por su prosa que incluso fue tildada de descuidada y desgarbada. Sin embargo él mismo la supo definir magistralmente cuando hablaba de su “retórica en tono menor”  y la definía así: “La retórica menor, que a primera vista parece pobre, luego resulta más atractiva, tiene un ritmo más vivo, más vital, menos ampuloso. Es en el fondo, esta retórica continencia y economía de gestos; es como una persona ágil vestida con una túnica ligera y sutil…”. Pues bien éste es el caso de la prosa de Dolores Redondo su prosa está subordinada a la acción y, por así decirlo, no es un fin en sí misma sino un medio. Por último, me ha llamado la atención que la autora está escribiendo, como dije al principio un trilogía cuando, curiosamente, D. Pío Baroja solía agrupar su obra narrativa, fundamentalmente, en trilogías.




Otro de los puntos ineludibles que deben contemplarse en el análisis de un texto literario es el de los personajes. En este punto creo que en “El guardián invisible” los personajes están tratados de un modo muy desigual, tremendamente desigual me atrevería a afirmar. Por así decirlo podríamos clasificar los personajes, de un modo muy genérico, en dos tipos: La protagonista y su círculo familiar más íntimo y, por otra parte, los personajes que participan en la investigación propiamente dicha. Empezaré por analizar los de este primer grupo, infinitamente más interesante a efectos de nuestro análisis literario. El personaje de Amaia Salazar, protagonista de la novela, es sin duda alguna el más interesantes tanto por su construcción como por la profundidad sicológica con el que la autora le dota. En algunos momentos, como ya quedó dicho un poco más arriba el narrador prácticamente la “poseerá” para hablarnos casi por su boca. Dentro de estos personajes, del núcleo más íntimo y familiar de Amaia, sin duda alguna las mejor perfiladas y dibujadas son las de los personajes femeninos, en clara contraposición con los personajes masculinos que apenas están bosquejados y que poco, o nada, aportan al lector. Entre estos personajes tan “grises” y desdibujados me gustaría citar el personaje de James, el marido de Amaia, que entre, por una parte, su dibujo tan dubitativo y, por otra, contraponerle a un personaje tan rico en matices y tan “potente” como el de Amaia queda totalmente desdibujado y caricaturizado. Respecto al segundo grupo de personajes, los policías que se dedican a la investigación, estos resultan desdibujados, inertes y carentes de interés. De hecho no puedo referir ni uno sólo de estos personajes que hayan dejado una huella en mí después de la lectura y que tenga una entidad narrativa que sea digna de mención. Y esta falta de concreción y de vida en estos personajes será uno de los factores desencadenantes por los que el texto “flaquea” en la parte más específica de la novela negra, a saber, en la investigación propiamente dicha, pero más adelante ya abordaré este punto del análisis con más detenimiento.




Uno de los puntos más positivos y que más me han interesado, como crítico literario, de “El guardián invisible” ha sido cómo Dolores Redondo ha sabido crear ese ambiente, realmente inefable e indescriptible, de aquella tierra de Elizondo en pleno valle del Baztan con esos fríos, con esos bosques inabarcables, poblado por toda una pléyade de seres legendarios, y todo ese trasfondo mítico y ancestral y todo el paisaje y las gentes de aquellos valles y aquellas tierras (que, por cierto, tanto estudio, precisamente ,el sobrino de Pío Baroja, el antropólogo Julio Caro Baroja). La autora nos da una hermosa explicación del por qué tienen tanta importancia en su novela todas estas creencias ancestrales y telúricas: “Vivimos tiempos de incertidumbre en el valle, y cuando las nuevas fórmulas fallan se recurre a las antiguas”. Todo esto conforma un interesante ambiente onírico que mantiene en tensión al lector a lo largo de la novela. Provocando una “inestabilidad” en el lector que le mantiene en la duda de qué es la realidad y que es producto de la imaginación de la inspectora Salazar. También me gustaría destacar el magnífico trabajo de la autora a la hora de meternos en la piel del torturado personaje de Amaia Salazar y de esos miedos profundos y atávicos que la atenazan y luchan por cercenarla (y no puedo contar mucho más para no reventar la novela).




Como esbocé un poco más arriba la parte más floja de la novela es la relativa a la propia investigación de los crímenes. Ya comentaba al principio que la novela negra, en mi opinión, es uno de los géneros más complicados, técnicamente, de la novela.  Y, además, es uno de los géneros que he estudiado durante muchos años con mayor rigor y al que, además, he dedicado varios trabajos.  Pero vayamos por partes. En primer lugar tengo que confesaros que al leer la novela tenía la impresión de estar leyendo a un claro epígono de la escritora sueca Camilla Lackberg. Si profundizamos en el análisis de “El guardián invisible” y la obra de la autora nórdica observaremos que existe un innegable paralelismo entre ambas. Son más que evidentes las similitudes literarias entre Elizondo y Fjällbacka y cómo esos climas, esos bosques y esos pueblos en los que todos se conocen provocan un ambiente especialmente asfixiante. Otras de las características comunes es la importancia de los hechos que ocurrieron en el pasado y cómo afectan en el presente. Se podría resumir con la frase “el pasado siempre vuelve”. Tanto la inspectora Salazar como Érica (al principio de la serie) sufren por sus problemas con la maternidad y viven en un problemático entorno familiar con unas madres muy “especiales”, etc, etc… He querido destacar, a modo de ejemplo, unos pocas muestras de las similitudes entre ambas (en mi cuaderno de notas he destacado hasta 10 características incluso en detalles técnicos como el uso de las tramas paralelas).



Sin embargo, como ya refería con anterioridad, la parte que menos me ha gustado ha sido cómo la autora conduce la investigación de los crímenes. Ya decía al principio que antes de sentarme al ordenador para escribir este análisis literario he tenido que leer la novela un par de veces, porque me daba la sensación de que la autora dejaba algunos cabos sueltos de la investigación. Y, por desgracia, la segunda lectura me confirmó mis impresiones.  A partir de ahora, como es lógico, no voy a dar muchas pistas sobre las claves de la novela porque lo que deseo y recomiendo es que se lea y, de ninguna manera, me gustaría “reventarla”. Técnicamente el desarrollo de la investigación, personalmente, me resulta bastante flojo e incompleto. Y, por otra parte, al ver cómo se resuelve la investigación quedan muchísimos hechos que no quedan suficientemente explicados ni aclarados. En definitiva creo que la novela no queda suficientemente bien rematada con más preguntas que respuestas que, al menos a mí, consiguió dejarme un cierto sabor agridulce en la boca. Al final de la novela, justo en la última frase, Dolores Redondo nos deja un final con un claro y evidente sabor a Camilla Lackberg (y hasta ahí puedo leer). No voy a profundizar más en todos esos detalles por los que creo que la novela no queda “adecuadamente” rematada y que no todas las preguntas, ni mucho menos, quedan respondidas satisfaciendo y colmando la necesidad de “saber” del lector.




Por desgracia, dada las restricciones propias que impone una reseña literaria, creo que debo ir dando final a este análisis crítico y me apena porque en mi cuaderno van a quedar inéditas decenas de notas que, en mi opinión, algunas pueden resultar muy interesantes para el lector. “El guardián invisible”, que por cierto el título, aunque en una referencia un poco críptica, resulta esclarecedor de la novela, es un libro que se presta a un profundo análisis. A modo de resumen final me gustaría terminar haciendo algunas aseveraciones. “El guardián invisible” me ha parecido un libro interesante y ameno, más por el estudio “costumbrista” y por la profundidad con la que aborda una relaciones familiares tan traumáticas como las que viven Amaia Salazar, que por la resolución de los crímenes que, para mí, resulta lo más flojo y deslavazado de la novela. Aunque supongo que Dolores Redondo aún es una escritora y una artista en formación y quizás está buscando su auténtica y original voz narrativa pero, sin duda alguna, talento no le falta y, desde este blog literario, le auguró muchos éxitos en su carrera literaria. Por supuesto esperaré con auténtico interés leer el segundo libro de su “trilogía del Baztán” que, según creo, se va a titular: “Legado en los huesos”.




Dicho todo lo cual, y teniendo en cuenta todo lo expuesto con anterioridad e intentando ser lo más fiel posible a mi conciencia y a mi manera de entender el arte literario, creo que la puntuación que más justicia haría a la novela “El guardián invisible”, primera parte de la trilogía del Baztan, de la escritora donostiarra Dolores Redondo sería de un 7,00/10.


© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo el  booktrailer de la novela y  una entrevista a la autora, Dolores Redondo)