jueves, 17 de mayo de 2012

Los juegos del hambre. Suzanne Collins.


Título original: The hunger games.
Autor: Suzanne Collins.
Traducción: Pilar Ramírez Tello.
ISBN: 9788498675399.
Editorial: Molino.
Páginas: 400.
Año de edición: 2009.





Desde siempre, para ser más exacto desde que empecé hace ya bastantes años en este mundo de la crítica literaria, una de mis máximas a la hora de enfrentarme al análisis crítico de un libro, como ya comenté con anterioridad en otra reseña, es hacerlo libre de todo tipo de prejuicios y con la mirada  “limpia”. He decido empezar esta reseña sobre la novela “Los juegos del hambre” de la escritora norteamericana Suzanne Collins, con esta reflexión sobre mi modo de entender la crítica literaria, porque me ha parecido más justificada que nunca. Quería abstraerme de todo esta campaña de marketing tan potente que ha envuelto esta serie de novelas, así como la película, que han convertido, entre la juventud, esta novela, poco menos que en un libro de “culto” y única y exclusivamente valorar, del modo más desapasionado posible, la novela como un texto eminentemente literario. Como es habitual en todas mis reseñas, he dejado pasar un día, desde la terminación de la lectura del libro, para poder sentarme a escribir esta reseña del modo más desapasionado y objetivo posible.



Dicho todo lo cual, y a modo de fijación de mi opinión, debo decir que “Los juegos del hambre” me ha parecido una novela interesante, escrita con oficio. Toda una lección de cómo hay que escribir un bestseller, mezclando sabiamente los ingredientes y salpimentándolo con una historia de amor tan del gusto de los jóvenes y con su correspondiente “moralina” edificante. Sin embargo, a pesar de ser un libro entretenido, adolece, en mi opinión, de algunos graves errores, que si hubieran sido enmendados, la novela hubiese ganado muchos enteros, que en mi opinión han sido sacrificados en aras a las ventas. Pero, en cualquier caso, la autora, cuando escribió este libro, no pienso que lo hiciese con intención de pasar a la historia de la literatura, supongo que su principal finalidad era vender libros.... y eso, sin duda alguna, lo ha conseguido.



Como es habitual y para contextualizar el ámbito de esta reseña, creo que lo más adecuado será hacer una breve sinopsis argumental de la novela. Creo que la que suministra la editorial Molino, me parece bastante adecuada para la finalidad que persigo, por lo que voy  a transcribirla. Me he permitido hacer algunas adiciones que, en mi opinión, aclaran un poco más este resumen:



“Es la hora. Ya no hay vuelta atrás. Los juegos van a comenzar. Los tributos deben salir a la Arena y luchar por sobrevivir.
Ganar significa Fama y riqueza, perder significa la muerte segura...
¡Que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!.Un pasado de guerras, sobre los restos de un país que un día fue Norteamérica, ha dejado los 12 distritos sojuzgados que dividen Panem bajo el poder tiránico del Capitolio, sin libertad y en la pobreza, nadie puede salir de los límites de su distrito. Sólo una chica de 16 años, Katniss Everdeen, osa desafiar las normas para conseguir comida. Sus principios se pondrán a prueba con “Los juegos del hambre”, espectáculo televisado que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, 2 representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. Cuando su hermana pequeña es elegida para participar, Katniss no duda en ocupar su lugar, decidida a demostrar con su actitud firme y decidida, que aún en las situaciones más desesperadas hay lugar para el amor y el respeto”.



En primer lugar me gustaría explayarme un poco más en la faceta del comentario literario de la novela antes de entrar propiamente en la reseña en sí. “Los juegos del hambre” nos plantea una sociedad apocalíptica surgida del hundimiento de la sociedad norteamericana, de la sociedad occidental en definitiva. Esta nueva sociedad está basada en la falta de respeto al ser humano y en el que las personas viven sojuzgadas por el poder omnímodo del Capitolio. Por lo que, y al menos esa es mi opinión, toda la novela es una gran parábola sobre el hundimiento de nuestras sociedades actuales (del estado de bienestar) y producto de un mundo en crisis. Algunas personas que han leído esta novela me dijeron que le encontraban un cierto parecido con 1984 de Orwell. En cierto sentido,  por así decirlo de un modo simbólico, esta novela bebe de 1984, pero está a años luz de su calidad literaria. Todo el tema del espectáculo a lo “Gran hermano”, televisado y regodeándose en el morbo de estos “Juegos del hambre”, así como la figura de ese poder omnímodo que controla y supervisa todo, ya está preconizado, de hecho, en la magistral novela de Orwell. En suma, la autora, nos traza un aterrador fresco de una sociedad distópica como antítesis a esa sociedad utópica ideal.


Mucha gente opina que “Los juegos del hambre” es una novela principalmente escrita y orientada para un sector de lectores jóvenes. Personalmente no estoy de acuerdo con ello. Por así decirlo, aparentemente en un primer nivel de lectura parece una novela de acción, con unas gotas de romance adolescente, muy apropiada para el gusto de los jóvenes, pero si profundizamos un poco más en la lectura y en su significado, en su meta significado, veremos que tras su lenguaje simbólico, la autora nos deja algunos mensajes más profundos que pueden pasar desapercibidos. Voy a transcribir un de párrafos a modo de ejemplo de a qué me refiero:


“Algunas veces, cuando estamos en lo más profundo del bosque, lo he oído despotricar contra las teselas, diciendo que no son más que otro instrumento para fomentar la miseria en nuestro distrito, una forma de sembrar el odio entre los trabajadores hambrientos de la Veta y los que no suelen tener problemas de comida, y, así, asegurarse de que nunca confiemos los unos en los otros. «Al Capitolio le viene bien que estemos divididos»”



“Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube al podio y empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre”.



En este último párrafo que acabo de transcribir, ¿no recuerda, de alguna manera, esos trece distritos de Panem, a las trece colonias que fundaron los Estados Unidos de América?. Pues bien toda la novela está repleta de ese simbolismo que, a modo de una parábola, nos “adoctrina” (valga la expresión) sin darnos cuenta.


 
“Los juegos del hambre” me parecido una novela cajón de sastre en el que la autora ha ido mezclando ingredientes de todo tipo, conocedora de cuales son, los más “sabrosos” a la hora de cocinar un bestseller. Ese, sin duda alguna, es todo un mérito por parte de ella. Pero, sin embargo, he echado de menos algo de originalidad, algo que me hubiese sorprendido, pero, la verdad, es que no lo he encontrado. Eso no quita que, en mi opinión, la novela sea ágil, entretenida y con una narración bien llevada, con mucho ritmo, aunque en la tercera parte va perdiendo fuelle, respecto a las dos primeras (probablemente sea ésta la parte más específicamente dirigida al lector adolescente). Así es que, tengo que reconocer, honestamente, que su lectura me ha resultado entretenida e, incluso, a ratos francamente interesante.



Los amables lectores que seguís habitualmente mis reseñas, sabéis que siempre presto mucha atención a cómo se remata una novela, que, tal vez, sea una de las partes más difíciles a la hora de escribir. Y es una de las variables que marca esa diferencia de los grandes autores. En esta novela Suzanne Collins ha apostado por un final que, personalmente, no me ha gustado nada para así justificar la saga de novelas subsiguiente. Y en este final volvemos a ver, de nuevo, que la autora persigue más vender libros que la calidad literaria y artística. La escena final del concurso “Los juegos del hambre” no me ha gustado absolutamente nada, por lo absurda que es (y no digo más para no reventar la novela) y, en conclusión, me ha dejado frío e indiferente.



Suzanne Collins nos narra la historia en primera persona y en tiempo presente, a través del personaje de Katniss, la protagonista. Y, la verdad, es que está muy bien narrada, porque resulta complicado, desde ese punto de vista tan “parcial” la autora, mantener y narrar todos los acontecimientos que ocurren con un ritmo tan trepidante. Es evidente que la autora conoce, a fondo, la técnica de la escritura y del relato y su narración es simple pero eficaz y efectista. Otro tema sería desde un punto de vista estilístico. Su estilo resulta pobre, repetitivo y, por momentos, excesivamente simple. En cuanto al dibujo de los personajes, resulta eficaz y convincente, aunque, a excepción hecha de la protagonista, su trazado resulta excesivamente simplista y previsible. Sin embargo, me ha resultado interesante todo ese proceso de lucha por la supervivencia y de auto superación por parte de los protagonistas.



También me gustaría advertir al lector de esta reseña, que únicamente hago referencia a la primera novela de la trilogía. Por lo que, como es evidente, no me puedo pronunciar sobre las otras dos novelas posteriores.


De  vez en cuando vemos algunos “detalles” de buena literatura. Por ejemplo me ha gustado como la autora a partir de una flor de diente de león que ve Katniss, le sirve de “apoyo” para rememorar y retrotraerse a un recuerdo de su niñez. Salvando las infinitas distancias como la famosa magdalena de Proust en su monumental “A la búsqueda del tiempo perdido”.


A modo de resumen, y para no extenderme ya mucho más en esta reseña, me gustaría decir que “Los juegos del hambre” me ha parecido una novela francamente amena y que sabe mantener la atención y el interés del lector. Aunque, tal vez,  no sea un libro muy indicado para lectores muy exigentes. Pero, en definitiva esta novela es  ideal para una lectura ligera y sin muchas pretensiones; la típica lectura ideal para pasar un rato entretenido. Relato escrito con mucho oficio por una escritora que conoce bien todos los resortes de cómo  escribir un bestseller.


Dicho todo lo cual y de acuerdo con mi manera de entender el arte literario y tomando en consideración todo lo apuntado con anterioridad, creo que la puntuación que haría más justicia a “Los juegos del hambre” de la escritora norteamericana Suzanne Collins, sería de 7,25/10.

© Luis Alberto Cao

(Como ilustración a esta reseña os dejo una imágenes del trailer de la película)

domingo, 13 de mayo de 2012

Las horas distantes. Kate Morton


Título original: Distant hours.
Autor: Kate Morton
Traducción: Luisa Borovsky
Editorial: Suma de letras
Año de publicación: 2012
ISBN: 9788483652510
Páginas: 630



“Todo comenzó con una carta. Una carta, perdida durante mucho tiempo, que había esperado medio siglo en una saca de correos olvidada, en el oscuro desván de una insignificante casa de Bermondsey. A menudo pienso en esa saca de correos; en los  cientos de cartas de amor, facturas de tiendas, tarjetas de cumpleaños, notas de hijos a sus padres que se amontonaban y suspiraban allí, mientras sus mensajes frustrados susurraban en la oscuridad, aguardando a que alguien notara su presencia. Porque, como se suele decir, una carta siempre buscará un lector; tarde o temprano, de algún modo, las palabras encontrarán la forma de ver la luz, de revelar sus secretos”.(Las horas distantes. Kate Morton).




Aún con el recuerdo vívido, fresco, reciente y con la intensa emoción que me ha producido, aún latente, la lectura de “Las horas distantes” de la escritora australiana Kate Morton, me dispongo a escribir la reseña de esta magnífica y extraordinaria novela. Sí, magnífica y extraordinaria; y me reafirmo en los epítetos empleados, como intentaré describir con detalle y detenimiento a lo largo del análisis de este libro.  Ante todo y a modo de resumen preliminar, el texto es magnífico por su bellísimo uso del lenguaje y de esa prosa tan depurada y tan intensamente plástica y visual de la que hace gala, como ya apuntaba en sus dos novelas anteriores (“La casa de Riverton” y “El jardín olvidado”) y, como no, por su técnica narrativa que mediante esta compleja narración, en tres épocas distintas, nos va guiando y relatando en esta hermosa historia en la que lo ecos del pasado siguen retumbando y marcando, irremisiblemente, el presente.



Como viene siendo habitual y antes de entrar, propiamente, en el análisis y el comentario de “Las horas distantes” de Kate Morton, creo que lo más adecuado es, para situar al eventual lector de estas líneas y, de este modo, contextualizar la reseña, bosquejar, aunque sea someramente, la sinopsis argumental de la novela. En esta ocasión me parece bastante adecuada y pertinente la que nos presenta en su página web la propia editorial Suma de Letras, por lo que, a continuación, paso a transcribirla literalmente:


“Edie Burchill y su madre nunca han estado lo que se dice unidas. Pero un domingo por la tarde llega a su casa una carta, perdida hace tiempo, con el remite de Milderhurst Castle, en Kent (Inglaterra), y Edie empieza a pensar que la frialdad de su madre oculta un antiguo secreto.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la madre de Edie fue evacuada de Londres y acogida por la misteriosa Juniper Blythe en Milderhurst Castle, donde vivía con sus hermanas gemelas y su padre, Raymond, autor del clásico infantil La verdadera historia del Hombre de Barro. El espléndido y enorme castillo le muestra un nuevo mundo en el que descubre la fantasía y el placer de los libros, pero también sus peligros.
Cincuenta años más tarde, cuando Edie busca las respuestas al enigma de su madre, se siente atraída por Milderhurst Castle, donde, ya ancianas, las excéntricas gemelas y Juniper viven todavía.
En el ya ruinoso castillo, Edie investiga el pasado de su madre. Pero hay otros secretos escondidos entre sus muros, y Edie está a punto de averiguar más de lo que esperaba. Lo que realmente sucedió en las horas distantes ha estado aguardando mucho tiempo a que alguien lo desvelara”.


Antes de sentarme ante el ordenador para escribir esta reseña, he empezado por releer la que en su momento hice (octubre de 2011) de la anterior novela que publicó y escribió Kate Morton, “El jardín olvidado”,  y volver a consultar y releer todas las notas que me sugirió su lectura en aquel momento. En aquella reseña ya se perfilaban las líneas maestras del estilo literario y artístico de la autora: narraciones paralelas a lo largo de varios planos cronológicos que se van imbricando; narración en la que uno de los personajes principales es una mansión, en este caso un castillo (Milderhurst Castle), típico de la novela gótica; un complejo mundo de relaciones entre miembros de una familia, en este caso hermanas; un secreto del pasado, cuyo peso lastra el presente... Todo esto se mantiene en esta última novela pero, sin embargo, se aprecia una evolución, una maduración artística a la hora de escribir, que, en mi opinión, hace de “Las horas distantes” una novela mucho mejor, mucho más aquilatada que sus anteriores trabajos. Esto se aprecia muy claramente, entre otras cosas, en cómo resuelve la novela. Sin querer “destriparla” mucho, se puede comprobar que la gradación del ritmo va en “in crescendo” que va llevando a lector en volandas hacia ese final que nos deja satisfechos y complacidos. En suma, la novela está bien rematada, cosa que sin embargo no consiguió, en mi opinión, tan plenamente Kate Morton en su anterior novela.



Al principio de la reseña destaqué el uso tan literario y tan hermoso de la prosa, y ese uso tan “plástico y sensual” del que hace gala y al que, sin duda, en algunos momentos definiría como prosa descriptiva de una belleza casi lírica. Indudablemente, me gustaría destacar la magnífica y hermosa traducción de Luisa Borovsky, que ha vertido al castellano este texto tan complejo de traducir y nos ha permitido asomarnos a esa fuerza expresiva de la autora. Como ejemplo me gustaría transcribir un párrafo en el que se aprecia ese lirismo y esa plasticidad descriptiva a la que, con anterioridad, hacía referencia y que nos hace meternos dentro de la escena que la autora nos está narrando:



“En el jardín el jazmín endulzaba el aire, y grandes ramilletes blancos se arremolinaban y colgaban desde lo alto de una pérgola de madera situada junto al parque. Enormes  carpas nadaban con lentitud cerca de la superficie del estanque, agrupándose para buscar el sol de la tarde. Era maravilloso, pero seguí mi camino. Divisé a lo lejos una línea de árboles y me dirigí hacia ellos a través del prado salpicado de anémonas silvestres. Aunque no había llegado el verano, el día era agradable, el aire seco, y al llegar a los árboles tenía la frente perlada de sudor”.



Esta novela, al igual que la anterior, destila por todas partes amor a la literatura y a los libros. Es, en ese aspecto, un texto profundamente “literario”, en el que se respira constantemente referencias literarias algunas más obvias que otras. Conforme leía “Las horas distantes” no paraba de ver similitudes con la novela gótica, con pinceladas de novela de inspiración “victoriana”. La propia creación de los personajes de las tres hermanas Blythe (Percy, Saffy y Juniper) constantemente me recordaban la figura de las tres hermanas escritoras Brönte ( Emily, Charlotte y Anne). Conoceremos a Percy, una mujer dominante y de un carácter complejo, a Saffy, una mujer dulce y comprensiva y por último a Juniper, que es adorada por sus hermanas por ser la pequeña y por “aquello” que le hizo perder la cabeza. En mi opinión simplemente por la creación de estos tres personajes, tan magistralmente trazados, ya justificaría la lectura de este texto. 


 
En esta novela la mayoría de los personajes están, de un modo u otro, relacionados con la literatura; la propia protagonista, Edie, trabaja en una editorial. Particularmente interesante me ha parecido el uso, a modo de motivo conductor, de la novela que escribió el padre de las hermanas Blythe, Raymond, titulada “El hombre de barro”, que será muy importante en el desarrollo de la novela. Así como el uso del prólogo de ese libro como prólogo a su vez de la novela de Kate Morton. La autora ha manejado con tanta destreza y tanto oficio este recurso técnico de la novela de Raymond Blythe que, a veces, al lector le llega a suscitar la duda de sí esta obra existió en la realidad. No quisiera pasar por alto, el dominio de la autora para la creación de esa atmósfera, a ratos onírica, a ratos agobiante, pero que siempre logra hacer partícipe al lector de esa sensación claustrofóbica del castillo (como ya dije antes, uno de los personajes principales de la novela, en que se ha vivido una tragedia que aún pervive y que se cuela por entre sus muros, dotándole de una atmósfera agobiante). Me gustaría detenerme un instante en esta reseña para añadir que conforme avanzaba en la lectura, y en lo que se refiere al personaje de Juniper, encontraba bastantes similitudes entre ella y el personaje de Genoveva de la obra de teatro “La casa de los siete balcones” de Alejandro Casona, una mujer que enloquece de amor cuando su prometido la abandona, y me pregunto si, tal vez, Kate Morton tenía conocimiento de esta obra y si de alguna manera le sirvió de inspiración... Toda ese amor a las letras y a la literatura creo que se condesa muy bien en este fragmento que voy a transcribir:


“El señor Billing —Herbert es su nombre de pila— es mi jefe; es también mi mentor, mi defensor y mi mejor amigo. No tengo muchos. En todo caso, no de los que viven y respiran. Y no pretendo parecer triste y solitaria; simplemente no pertenezco a la clase de personas que acumulan amigos o disfrutan de las multitudes. Soy buena con las palabras, pero no las habladas; a menudo pienso que sería una maravilla relacionarme solo a través del papel. Y supongo que, en cierto modo, es lo que hago, porque tengo cientos de amigos de esa otra clase, que habitan entre portadas, en gloriosas páginas impresas, en historias que siempre se desarrollan de la misma manera y nunca pierden la alegría, que me cogen de la mano y me conducen a través de mundos de extraordinario terror y placer entusiasta. Compañeros apasionantes, dignos, fiables —algunos cargados de sabios consejos—, pero, por desgracia, poco aptos para ofrecer una habitación disponible durante uno o dos meses”.


La narración, como comenté un poco más arriba esta estructurada en tres niveles temporales. En el nivel actual la narración corre a cargo de Eddi en primera persona, mientras que las dos restantes corren a cargo de un narrador omnisciente en tercera persona. Los personajes, mayoritariamente femeninos, por no decir en exclusiva, están exquisitamente dibujados y perfilados, rebosantes de vida y de matices. Kate Morton es una gran forjadora de caracteres, cada uno de ellos con su propia psicología y su propia manera de ser. En este particular también se nota esa maduración artística de la autora con respecto a sus anteriores obras. Y es especialmente en este complejo mundo de esas relaciones interpersonales entre las tres hermanas en dónde la autora nos deslumbra con su particular brillantez y esa capacidad de análisis y penetración.



En “Las horas distantes” la autora analiza el peso del pasado en el presente y cómo los secretos susurrados y apenas enunciados en el pasado siempre pesan y vuelven, una y otra vez, sobre el presente. También la autora volverá sobre uno de sus tema favoritos que es las relaciones entre mujeres. Como ya comenté en la reseña de “El jardín olvidado” las obras de Kate Morton son fundamentalmente intimista y femeninas, esto es, la participación de los personajes masculinos es muy “colateral”, aunque en este caso francamente negativa, como el personaje que representa Thomas Carville, el novio que abandona a Juniper dejando abatida y al borde de la locura, en el desarrollo de la novela. Creo, al menos esa es mi opinión, que en este libro el tema medular que subyace es el miedo a enfrentarnos con nosotros mismos.



En este caso más que nunca, siento que me quedan muchos detalles en mi abigarrado cuaderno de notas por comentar. Siento que por motivos de espacio, que de otro modo desbordaría la finalidad de esta reseña, no poder comentar, como indudablemente merece, con más detalle esta magnífica novela. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que Kate Morton ha dejado de ser una promesa literaria para, tras la publicación de esta novela, convertirse en una auténtica realidad, llamada a convertirse en una autora de referencia en la literatura actual. Y me alegra doblemente, porque además está siendo muy respaldada en ventas por el público y es un placer comprobar que  una novela como “Las horas distantes”, de un auténtico valor literario, puede convertirse también en un bestseller.



A modo de resumen me gustaría indicar que “Las horas distantes” es una novela muy entretenida que engancha al lector y que, además, le suscitará la reflexión. Por otra parte, como dije más arriba, el final es muy bueno y rematando los cabos abiertos, por lo que resulta altamente satisfactorio para el lector. Particularmente me ha gustado mucho la edición del libro por parte de la editorial y sobre todo me ha gustado la portada.


Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo aportado y expresado en esta reseña, y según mi manera de entender el arte de la literatura,  creo que la puntuación que más haría justicia a la novela “Las horas distantes” de la escritora australiana Kate Morton, sería de un 8,25/10.


© Luis Alberto Cao








martes, 8 de mayo de 2012

El violinista de Mauthausen. Andrés Pérez Domínguez.



Título: El violinista de Mauthausen.
Autor: Andrés Pérez Domínguez.
Editorial: Algaida
ISBN: 978-84-9877-524-2
Fecha 1ª edición: Septiembre de 2009.
Páginas: 479.






“El violinista de Mauthausen” del escritor sevillano Andrés Pérez Domínguez fue galardonada con el XLI Premio de Novela Ateneo de Sevilla, reconocimiento que además ha sido refrendado por los lectores, siendo un libro con bastante éxito de ventas. A la vista de esas cartas de presentación he considerado pertinente traer esta obra a este blog literario, con la intención de reseñarla y comentarla del modo más exhaustivo posible. En primer lugar y para fijar, desde un primer momento, mi opinión, me gustaría señalar que me ha parecido un texto muy interesante, tanto desde un punto de vista formal, como de su temática, aunque, eso sí, creo que el tema que trata ya resulta en exceso manido. Sin embargo, como comentaré con posterioridad, una lectura atenta de la novela, me ha revelado algunos detalles que me han parecido bastante interesantes. Eso no quita que también adolezca, en mi opinión,  de algunos errores que me han distanciado bastante del relato. Y que, en mi opinión, marcan la diferencia entre una novela francamente interesante y una gran novela. En todo caso a lo largo de esta reseña intentaré referir todo ello, del modo más equitativo y reflexivo posible.


Como es habitual y a modo de orientación para el eventual lector de esta reseña, voy a pergeñar, aunque sea brevemente, y a modo de aperitivo a la lectura de esta novela, una somera sinopsis argumental. Creo que el resumen que viene en la contraportada del libro cumple sobradamente esta intención, por lo tanto voy a transcribir literalmente la citada recensión:

“En París, una pareja está a punto de casarse en la primavera de 1940, pero la Wehrmacht invade Francia y él, republicano español exiliado, es detenido por la Gestapo y enviado al campo de exterminio de Mauthausen. Ella colaborará con los servicios secretos aliados, dispuesta a cualquier cosa para salvar la vida de su prometido. Entre ellos, un ingeniero alemán que ha renunciado a su trabajo en Berlín para no colaborar con los nazis, se dedica a recorrer Europa con un violín bajo el brazo. Muy pronto, las vidas de los tres se enlazarán para siempre. El violinista de Mauthausen es su historia.

El París ocupado por los alemanes, el Berlín en ruinas después de la Segunda Guerra Mundial y el campo de exterminio de Mauthausen son los principales escenarios donde se desarrolla un relato que mezcla intriga, aventura, espionaje, Historia y romance...”



El relato que nos plantea Andrés Pérez Domínguez en “El violinista de Mauthausen”  está “deconstruido” en tres narraciones que se intercalan a lo largo de la novela: la de Rubén, el republicano español exilidado, la de Anna, su novia francesa y la de Bishop el espía y militar norteamericano. Es precisamente en este planteamiento formal a la hora de planificar el relato donde, en mi opinión, está una de las mayores virtudes de esta novela. Pero no sólo por tratarse de una narración fragmentada sino por la utilización de los saltos cronológicos, muy frecuentes en el texto, pero muy meritoriamente llevados, que nos dan un efecto literario muy interesante. Y es un detalle técnico muy complejo, que yo valoro especialmente, porque si no se hace bien produce una difusa sensación de que uno no se está enterando de nada. Aunque, afortunadamente, éste no es el caso. De hecho, para situar al lector y a modo de ejemplo, diré que la novela prácticamente se inicia en el final de la historia. Sin embargo, lejos de restarle interés produce un efecto “adictivo”, por así decirlo, que engancha al lector. Pero, por el contrario, éste exceso de celo del autor por “enganchar” al lector se revelará como uno de sus mayores errores, en mi opinión, como pasaré a analizar al final de esta reseña.



La novela tiene algunos momentos francamente inspirados que con un lenguaje funcional, demasiado poco elaborado literariamente en mi opinión, nos narran y nos sirve de vehículo, de un modo eficaz, al relato que nos plantea el autor. Quisiera destacar, por poner un ejemplo, hay muchos más, dos momentos que me gustaron especialmente desde un punto de vista narrativo: la escena cuando Anna vuelve de la sede de la Gestapo y tiene la sensación de que alguien la está siguiendo y, por supuesto, la impresionante escena del vagón de tren donde van hacinados en condiciones infrahumanas los presos camino del campo de exterminio. Y, por supuesto, toda la narración, descarnada y realista, de las atrocidades perpetradas en ese campo de infausto recuerdo



El violinista de Mauthausen es una novela, en la que sobresalen y destacan, prácticamente en solitario, los cuatro personajes principales. Personajes bien dibujados y perfectamente caracterizados y definidos, sin duda alguna, repletos de vida y profundidad psicológica. Me gustaría, llegados a este punto, destacar la belleza en la creación del personaje de Anna, en mi opinión el más logrado de toda la novela. Esto no es óbice para que, al menos para mí y en mi manera de entender la literatura, eche en falta la aparición de esos personajes “secundarios” que tanta información aportan al lector de una novela. Personalmente no me gusta que todo el peso de la narración recaiga, en exclusiva, sobre ese típico narrador omnisciente en tercera persona, sino que también creo que aportan mucho a la narración esos subrelatos que nos proporcionan los personajes secundarios que, a modo de afluentes de un gran río, nos refuerzan y nos dan otra perspectiva a ese hilo principal de la narración. En esta novela he echado mucho de menos esos subrelatos que, en mi opinión, prácticamente pasan desapercibidos cuando no inexistentes.


 
Es indudable que la novela está muy trabajada desde un punto de vista documental y eso siempre se agradece. Como ya comenté en alguna reseña anterior (en concreto, “Niños feroces” de Lorenzo Silva), tampoco me es necesario un sobreexceso de documentación e información, porque la novela no pretende ser un libro de Historia, para eso ya están los historiadores, sin embargo, su ambientación me ha parecido convincente y adecuada, sin resultar excesiva. Especialmente me ha perturbado todo el relato en que vemos la brutalidad que ejercen los Kapos (presos que se dedican a vigilar a los otros presos) sobre los demás reclusos. Aquí vemos hasta que punto llega la maldad del ser humano.... De hecho el propio autor nos dice textualmente en la novela: “Rubén no tardará en comprobar que basta muy poco para que alguien que es torturado se convierta en torturador”. Tengo también que reconocer que en algunos momentos ocurren algunos hechos  y algunas situaciones que me resultan demasiado forzados, demasiado inverosímiles, aunque entiendo que puedan ser necesarios para que la narración avance, pero, honestamente, creo que éste sería un detalle que hubiese sido fácilmente subsanable. El ejemplo más evidente de todo esto es cuando Anna está siendo acosada por un teniente borracho de la Wehrmacht que la sigue, molestándola, hasta su casa.  De repente aparece, de paisano, un oficial de las SS. Se trata, precisamente de Franz Müller. “Casualmente” el hombre que le interesaba a Bishop.



En el trasfondo histórico del relato, subyace y forma parte determinante de éste, el trato y la represión que siguieron sufriendo, esta vez por parte de los nazis los exiliados republicanos españoles, todo esto aplaudido y jaleado por el régimen franquista.



Aparentemente pudiera parecer, al eventual lector de estas líneas que “El violinista de Mauthausen” es una novela de amor al uso, pero no es así. Es una novela dura y realista, inserta en un tiempo duro y difícil.  Además la novela tiene un final abierto que a mí, particularmente me ha gustado mucho. Por así decirlo creo que es una novela bien rematada, aunque sobre este particular no me quiero extender mucho, para no reventaros el final. Pero lo que sí puedo decir es que merecerá la pena leerla...



Pero, sin embargo, creo que debo ser justo con mi conciencia y, sobre todo, con mis lectores a la hora de mostrar y señalar también los errores que, en mi opinión, he detectado y que lastran mi valoración final sobre esta novela. Un poco más arriba hablaba que la prosa que utiliza en este texto Andrés Pérez Domínguez, “un lenguaje funcional, demasiado poco elaborado literariamente” y me reafirmo en ello. Por otra parte he encontrado varias frases con una construcción, por así decirlo no muy ortodoxa. Entiendo que pudiese tratarse de algún tipo de hipérbaton, pero personalmente me han resultado desagradables y molestos. Voy a transcribir una muestra, de las múltiples que sobreabundan en la novela, para ejemplificar a qué me refiero:



“ ... la imaginación de las personas no tiene límites cuando de hacer daño con impunidad se trata”



Aquí se aprecia con claridad, ese desorden en el “orden” lógico de la frase, que a mí, al menos, me resulta francamente molesto.



Como comenté un poco más arriba el uso abusivo de esta figura del narrador omnisciente, y el afán de intentar atraer la atención del lector, produce en esta “El violinista de Mauthausen” un abuso en prevenir al lector sobre todo lo que aún le queda por descubrir. Estoy convencido que a la vista de un par de ejemplos se entenderá mejor a qué me refiero:


“Eso no será nada comparado con lo que aún le queda por hacer, pero aún no puede imaginarlo, todavía no puede saber Rubén cuántas cosas verá o qué cosas será capaz él mismo de hacer”.


“Anna odia a Bishop cuando se lo pide, pero todavía no sabe que aún le odiará más, cuando pasen unos años, lo odiará tanto que deseará su muerte, peor aún, querrá matarlo ella misma con sus propias manos”.



Creo que en estos dos ejemplos queda claro a lo que me refiero. Aquí se ve ese uso “tramposo” de la figura del narrador omnisciente, que abusa de su omnisciencia para incitar al lector a continuar, de un modo poco “honesto”, valga la expresión, con la lectura del relato. Digamos que me recuerda, por así decirlo, a aquel personaje de los dibujos animados que decía: “No se vayan todavía, que aún hay más...”



Como siempre veo que me van a quedar muchos detalles que comentar, y de nuevo mi cuaderno de notas va a quedar con un montón de anotaciones que no van a poder ver la luz en esta reseña, por razones de espacio. En cualquier caso,  y a modo de resumen, me gustaría decir que “El violinista de Mauthausen” de Andrés Pérez Domínguez, ganadora del XLI Premio Novela Ateneo de Sevilla, es una novela en líneas generales muy interesante, de lectura amable y entretenida. Es la primera vez que leo a  Andrés Pérez Domínguez pero, en mi opinión, creo que es un autor a seguir. Y, reconozco, que me han quedado ganas de leer alguna de sus otras novelas.



Dicho todo lo cual, y atendiendo a todas las razones aducidas con anterioridad y siendo fiel a mi conciencia y a mi manera de entender el arte literario, creo que la puntuación que más haría justicia a la novela “El violinista de Mauthausen” sería de un 7,75/10.

© Luis Alberto Cao
(Como es habitual, a modo de ilustración, os dejo un video sobre la visita que el autor realizó a Mauthausen)


miércoles, 2 de mayo de 2012

Los girasoles ciegos. Alberto Méndez


Título: Los girasoles ciegos.
Autor: Alberto Méndez.
Editorial: Anagrama
Colección: Narrativas hispánicas (NH 354)
ISBN: 978-84-339-6855-5
Año de edición: 2004
Páginas: 160.



“Que alguien quiera matarme no por lo que he hecho, sino por lo que pienso... Y, lo que es peor, si quiero pensar lo que pienso, tendré que desear que mueran otros por lo que piensan ellos. Yo no quiero que nuestros hijos tengan que matar o morir por lo que piensan”   (Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos. Alberto Méndez)




Me resulta difícil definir con palabras esa extraña sensación, ese sabor agridulce, que he sentido al cerrar este libro, después de su lectura atenta y reflexiva. Sin duda alguna, en mi opinión, este es un libro que suscita la reflexión, que da que pensar, que no deja indiferente al lector. Es evidente que no estamos ante una de esa típicas novelas de entretenimiento vacuo, que se venden como rosquillas, sino ante una obra densa tanto en su fondo, como en su más que destacables aportaciones técnicas a este texto. Tal vez,  y por intentar constreñirme a una sola palabra que definiese y condensase mi sentimiento, tal vez el más adecuado y ajustado sería el de desazonadora. En este libro, compuesto de cuatro relatos con un cierta cohesión (y conexión interior), como analizaremos y desbrozaremos más adelante, Alberto Méndez (1941-2004) nos muestra ese rasgo de la “dignidad” del ser humano en la derrota y en el dolor. Me ha llamado la atención, curiosamente, que esta novela, por así llamarla, ya que estas cuatro novelas tienen una unidad formal y estilística, sea la única obra que escribió y publicó el autor. De hecho, y a título póstumo, obtuvo algunos de los galardones más importantes de las letras españolas como el Premio Nacional de Literatura (2005), así como el Premio de la Crítica (2005).



A modo de resumen de mi opinión de esta novela, me gustaría precisar que estamos ante un texto tremendamente interesante, sobre todo por la dificultad que supone la escritura del cuento y esa dificultad de síntesis y de ritmo, tan difícil de conseguir, en unos relatos tan breves. Dicho todo lo cual y para situar al eventual lector de esta novela, creo que lo más adecuado y pertinente es esbozar una somera sinopsis argumental de la obra. Creo que el resumen que suministra la editorial Anagrama es bastante ajustado a nuestro propósito por lo que voy a transcribirlo literalmente:



“Un capitán del ejército de Franco que, el mismo día de la Victoria, renuncia a ganar la guerra; un niño poeta que huye asustado con su compañera niña embarazada y vive una historia vertiginosa de madurez y muerte en el breve plazo de unos meses; un preso en la cárcel de Porlier que se niega a vivir en la impostura para que el verdugo pueda ser calificado de verdugo; por último, un diácono rijoso que enmascara su lascivia tras el fascismo apostólico que reclama la sangre purificadora del vencido. Son historias de los tiempos del silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabías. Cuatro historias, sutilmente engarzadas entre sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la verdadera protagonista de esta narración: la derrota”.



Reconozco que una de las cosas que más me ha impresionado e interesado es cómo el autor ha sido capaz, a través de esos cuatro relatos, aparentemente independientes, de trabar y engarzar un relato compacto y unitario. Los girasoles ciegos es un libro que requiere de todas y cada una de las partes, de cada uno de los relatos que lo componen, para comprender su auténtico sentido, su sentido final. El autor ha definido estos breves relatos bajo el nombre de derrotas, titulándolas de la siguiente manera:



            Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir.
            Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido.
            Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos.
            Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos.


Si profundizamos un poco y entramos en un análisis  algo más pormenorizado de la estructura narrativa y dramática de “Los girasoles ciegos”, comprobaremos que tanto el primer relato como el tercero están unidos por el personaje central del capitán Alegría, que aparece de un modo capital y determinante en ambos relatos. Por otra parte, los relatos segundo y cuarto, a su vez, están conectados por la figura de la hija huida de Ricardo y de Elena. Ambos personajes, son nucleares, en ese mensaje del sentimiento de la derrota y la humillación.



Cada uno de los relatos que integran el libro, está narrado de un modo totalmente diferente que los demás, haciendo gala de una técnica narrativa muy depurada, especialmente reseñable, en mi opinión, el juego de las diversas voces narrativas que se superponen en diferentes planos temporales, produciendo un magnifico y sorprende efecto literario. Esta técnica, en mi opinión, se aprecia particularmente bien en el último relato, en el que se entrecruzarán tres voces narrativas: la del hermano Salvador que escribe una carta a su confesor, cuando ya han ocurrido los hechos narrados; la del niño pero narrada desde la perspectiva de cuando es adulto y rememora lo ocurrido y por último un tercer narrador omnisciente que integra y canaliza las otros dos.  Interesante también el planteamiento narrativo del segundo relato en el que Alberto Méndez se constriñe a narrarnos toda la acción a partir del descubrimiento de un cuaderno. No me gustaría dejar de citar el claro paralelismo, homenaje diría yo que el autor hace de la novela “El general Chabert”, en la figura del personaje del capitán Alegría, del eximio autor francés Honorè de Balzac, al que por cierto Julián Marías homenajea igualmente en su novela “Los enamoramientos”, como ya refleje en su correspondiente reseña.





 

Sin embargo a pesar de la crudeza de la temática que Alberto Méndez nos narra, sabiamente sabe entreverar algunos momentos de una hermosa belleza lírica y plástica, haciendo  un uso eufónico del lenguaje lleno de matices y de imágenes sugeridas. No me voy a resistir transcribir un par de breves fragmentos muy ilustrativos, en mi opinión, de lo que quiero expresar.


“Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica. «Soy un rendido.» Durante dos o tres  noches, nos consta, el capitán Alegría estuvo definiendo este momento. Es probable que se negara a decir «me rindo» porque esa frase respondería a algo congelado en un instante cuando la verdad es que él se había ido rindiendo poco a poco. Primero se rindió, después se entregó al enemigo. Cuando tuvo oportunidad de hablar de ello, definió su gesto como una victoria al revés”.


“El silencio es un espacio, una oquedad donde nos refugiamos pero en el que nunca estamos a salvo. El silencio no se termina, se rompe”.



“Los girasoles ciegos” es un libro que trata, como ya he referido anteriormente, sobre el tema de la derrota. Pero vemos que en la guerra incluso los vencedores veremos que también son perdedores, son derrotados. Efectivamente en todas las guerras todos somos perdedores. En todos los relatos vemos que todos han sido derrotados y que tienen que vivir, que “sobrevivir” con ese dolor.



Me gustaría detenerme un poco en otro de los aspectos miliares de la novela que es, en mi opinión, la sabia creación y caracterización de los personajes. Alberto Méndez ha sabido llenar de vida y credibilidad a sus personajes, alejándose del tópico maniqueísmo de los buenos, que son muy buenos y de los malos, que son muy malos. En esta novela todos son, de algún modo, víctimas, esto se ve muy bien especialmente en el tercer relato en la figura de los personajes del juez Eymar y su mujer Violeta. También veremos cómo el dar un paso adelante hacia la muerte es el único camino digno que le queda al derrotado, al que ha perdido todo, esa catarsis que con un gesto da sentido a toda una vida de silencio y de humillación.



Antes de terminar esta reseña, y para no alargarme mucho más, me gustaría dar las gracias a todas las personas que siguen este modesto blog y mis reseñas, por el interés que han manifestado, de tantas maneras, por todo este tiempo en el que no he podido publicar nada. Razones personales que me han impedido poder compartir, durante todo este tiempo, casi un mes y medio, este momento de tertulia literaria con vosotros. Os he echado mucho de menos y quiero daros las gracias de todo corazón por todas vuestras muestras de afecto conmigo. No lo olvidaré.


Por último, y a modo de resumen, creo que “Los girasoles ciegos” es un texto de obligada lectura, tanto para comprender una parte, probablemente la más oscura y triste de nuestra historia, como por sus más que sobresalientes virtudes literarias y artísticas. El cuento es probablemente una de las facetas literarias más complicadas que hay. Ese trabajo tan arduo de autocontrol y de concisión al que debe obligarse el autor, está sólo al alcance de los más grandes escritores. Escribir una gran novela de 1000 páginas, en mi opinión, muchas veces resulta más sencillo que contar una gran historia en 50 páginas. Fue una pena que la muerte nos arrebatará tan pronto a Alberto Méndez y nos privase de seguir leyendo sus obras, que a la vista de ésta, apuntaban esperanzadoras. Siento no poder alargarme mucho más, porque excedería lo razonable para una reseña, pero quedan en mi cuaderno de notas muchos detalles que hubiesen merecido figurar en estas páginas.



Dicho todo lo cual, y atendiendo a todo lo referido con anterioridad en esta reseña e intentando ser lo más fiel a mi manera de entender el arte literario, creo que la puntuación que más justicia haría a “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez sería de un 8,25/ 10.


© Luis Alberto Cao

(Para ilustrar la reseña os dejo un video del making-off de la película "Los girasoles ciegos" de José Luis Cuerda, basada en el texto homónimo de Alberto Méndez. Espero que os guste)