Este Blog ha sido creado como un rincón literario, como una tertulia sobre libros y sobre literatura. En estos tiempos de crisis, siempre nos quedarán las artes... y cómo no los libros...
domingo, 11 de septiembre de 2022
In memoriam Javier Marías
Acabo de tener noticia de la muerte en plena madurez artística del gran escritor Javier Marías a consecuencia del COVID. Desde este modesto blog quiero hacer públicas mis condolencias a su familia y a toda la legión de admiradores y seguidores de este eximio autor entre los que yo mismo me encuentro. A lo largo de los próximos días escribiré un artículo para glosar la inmensa figura de este escritor único, original y, en mi opinión, el mejor autor que ha dado la literatura en lengua española en los últimos 50 años.
Descanse en paz en la gloria de los grandes hombres que han hollado este cruel mundo.
domingo, 7 de junio de 2020
Ava en la noche. Manuel Vicent
Título: Ava en la noche.
Autor: Manuel Vicent
Editorial: Alfaguara.
Autor: Manuel Vicent
Editorial: Alfaguara.
Colección: Hispánica
ISBN: 978-84-204-3563-3
Páginas: 256
Fecha de publicación: 4 de junio de 2020.
ISBN: 978-84-204-3563-3
Páginas: 256
Fecha de publicación: 4 de junio de 2020.
Precio: 18,90 €
“Aunque nada se pueda hacer para que vuelva la hora de
aquel esplendor en la hierba y la gloria en las
flores,no
debemos
afligirnos porque la belleza subsiste en el recuerdo”
(Oda a la Inmortalidad. William Wordsworth)
Creo que hoy,
con este análisis que me dispongo a escribir, y después de más de 120 libros ya
reseñados, se hace, por fin, justicia al invitar a este blog a D. Manuel Vicent
uno de los más grandes autores que tenemos en el panorama literario actual. Un
escritor original dotado de una sensibilidad artística más que notable que, de
nuevo, en “Ava en la noche” nos
vuelve a mostrar su exquisita finura para sumergirnos en un nostálgico y
retrospectivo viaje a esa época, aún “color
ala de mosca”, de finales de los cincuenta y principios de los sesenta en
la España franquista. D. Manuel, a pesar o más bien gracias a su edad, 84 años recién
cumplidos, nos deja un libro fascinante, con algunos momentos francamente
sobresalientes que nos retrotraerán a aquella época gris con olor a “berza y repollo” de sueños y anhelos proyectados
en las pantallas de los cines. Una novela imprescindible para entender aquellos
años desde los ojos de las personas humildes, como el protagonista, que a pesar
de vivir encerrados dentro de un país (valga el oxímoron), sin embargo, su
imaginación y su espíritu luchan por volar libremente desasiéndose de la brutal
realidad. Sobre este tema en particular me extenderé un poco más a lo largo de
este análisis.
En primer
lugar, como es habitual y por seguir una cierta metodología analítica creo que
lo más indicado, llegados a este punto, es pergeñar una breve sinopsis de la
novela “Ava en la noche” con la
loable intención de encuadrar y centrar el objeto de nuestro análisis.
“«Perseguía dos sombras: la de Ava Gardner y
la del asesino José María Jarabo. La búsqueda de la belleza inasequible
abrazada a la maldad.»
David, un joven que ha pasado los primeros
años de su vida respirando el aire del Mediterráneo, abandona su ciudad para
establecerse en Madrid y cumplir un sueño: conocer a Ava Gardner y convertirse
en director de cine. A su llegada se presenta en la Escuela de Cinematografía
decidido a pasar las pruebas de acceso.
Son los primeros años sesenta y en España
todo un mundo relacionado con el arte, el cine y la literatura disfruta noches
llenas de glamour, divertidas y extraordinariamente libres. Noches de cine a
las que siguen días en que la realidad del país se ahoga cubierta por la pátina
oscura y represiva de la dictadura franquista.
Ficción y realidad se entrecruzan en esta
novela ambientada en la reciente historia de España. Con su maestría habitual,
Manuel Vicent retrata en Ava en la noche la inestable frontera entre un tiempo
oscuro y en declive y otro que, con los primeros vientos de cambio, ya empieza
a asomar en el horizonte”.
D. Manuel
Vicent es un escritor que tiene un estilo muy propio y personal que le hace
perfectamente reconocible en todas sus novelas. Basta coger cualquiera de sus
obras y después de leer sus primeras páginas ya resulta evidente y palmaria su
autoría. Y esa es, en mi opinión, una de sus principales virtudes: la
originalidad de su escritura y su manera de tratar el material narrativo. En “Ava en la noche” el autor nos va a
plantear una narración en dos planos, por así decirlo. Un plano objetivo que
sería la dureza de la realidad de la existencia y, por otra parte, un segundo
plano subjetivo que serían los sueños e ilusiones del protagonista. En ese
plano subjetivo tiene algunos momentos francamente interesantes como, por
ejemplo, la escena ante la estatua del ángel caído en el madrileño parque del
Retiro bajo los efectos de un cigarrillo de cannabis, resuelta con un brillante
relato entre surrealista y onírico. Después de su lectura no pude evitar
rememorar aquella famosa frase de William Shakespeare que en su comedia “La tempestad” pone en boca de su
personaje Próspero que, a mi parecer, y por analogía, nos da la clave
interpretativa de David, personaje protagonista de la novela.
“Los actores, como ya te dije, eran espíritus y se
han disuelto en aire, en aire leve, y, cual la obra sin cimientos de esta
fantasía, las torres con sus nubes, los regios palacios, los templos solemnes,
el inmenso mundo y cuantos lo hereden, todo se disipará e, igual que se ha
esfumado mi etérea función, no quedará ni polvo. Somos de la misma sustancia
que los sueños, y nuestra breve vida culmina en un dormir”
“Ava en la noche” es
una novela claramente deudora del neorrealismo cinematográfico. En algunos
momentos de la narración veremos que el autor va a utilizar una “gramática” claramente cinematográfica
dando paso a un lenguaje más visual. De hecho, de un modo explicito, el autor
homenajea a Berlanga y, especialmente, a su magnífica película “El verdugo” (creo que además fue muy injustamente
incomprendida cuando se estrenó) que es tan sumamente importante en toda la
trama de la novela. Es tan importante que, si me permitís la broma, creo que
esta novela se podría titular “Ava en la
noche o el Verdugo de Berlanga”. Pero obviamente la elección que hace el
autor de este título emblemático de Luis García Berlanga no es casual. “Ava en la noche” es una relectura, un
homenaje, un trasunto literario a “El
verdugo” que a su vez lo es de aquella asfixiante y encorsetada sociedad.
Por esta misma razón por ese uso especular y vertebrador con la película de
Berlanga D. Manuel Vicent utilizará una prosa que abundará incidiendo en la
ampulosidad de un léxico sensorial ubérrimo que buscará atraparnos más que a través
de las palabras a través de las imágenes, los olores, los sabores… No puedo
resistirme en transcribir un párrafo de la novela en la que se ejemplifica esa
sensorialidad:
“Ahora, en la puerta de algunas cafeterías de la
Gran Vía habían comenzado a girar ensartados unos pollos al ast que rezumaban
grasa, y algunos peatones menesterosos como aquel Carpanta del tebeo, que no
podían permitirse el lujo de zamparse ni siquiera una alita, se conformaban con
acercar las manos a ese tinglado solo para coger el calor que expandían los
hilos incandescentes, y luego se chupaban los dedos con sabañones, empapados
con el sabor a grasa. Otros madrileños se detenían ante los escaparates de las
tiendas de electrodomésticos donde se sorprendían como niños ante el milagro de
verse en las pantallas de los televisores de distintas marcas. Y se saludaban a
sí mismos o hacían payasadas en la acera sintiéndose actores”.
Después de la
lectura atenta de la novela no he podido evitar recordar a un antiguo alumno de
escritura creativa. Este muchacho se jactaba de poder escribir sin haber leído un
libro en su vida y argumentaba que las lecturas lo único que hacen es “deformar” (sic) .el talento de los
escritores. Sin embargo, lamento discrepar con él, las lecturas son
fundamentales para entender la técnica del oficio literario. Mucha gente opina
que los poetas son personas con una sensibilidad extraordinaria, por ejemplo,
para el amor. Pero, en mi opinión, eso no es así. Con toda seguridad hay
muchísima gente puede es mucho más sensible que ellos. La única diferencia es
que ellos, los poetas, tienen el talento y la técnica para expresarlo con
belleza. He utilizado esta digresión para avanzar en otro de los puntos de
ineludible análisis. Es evidente que el autor es un hombre de una extremada
cultura literaria. Cuando ayer cerré el libro tuve la impresión de que “Ava en la noche” es una obra que, como
la mayoría de los grandes libros, bebe de la fuente de la literatura castellana
que es “D. Quijote de la Mancha”. El
protagonista, David, es un personaje idealista que buscará a su Dulcinea en la
figura de Ava Gardner. Todo el mundo verá que su empeño es una locura, que esa
Dulcinea de sus sueños nunca reparará en él, que esa Dulcinea idealizada es una
mujer alcoholizada y mundana… De hecho al final de la novela, sentado en el
cine viendo el estreno de “El verdugo” asistirá
a su particular duelo con el caballero de la Blanca Luna en la playa de la
Barceloneta. Me resisto a transcribir el final de la novela, para no
reventarla, pero sí os puedo decir que es bellísimo.
El autor nos
va a plantear en “Ava en la noche” una
narración en la que nos va a contraponer varios hechos, varias realidades que
van a ir contrapunteando todo el texto. Por una parte la vida de lujo e
irrealidad representada por Ava Gadner y todo ese mundillo del cine y de “glamour” y, por otra, el ajusticiamiento
por garrote vil de José María Jarabo. Me imagino que muchos lectores
desconozcan la historia de aquel cuádruple crimen perpetrado por Jarabo que
tantos ríos de tinta vertió a principios de los sesenta (recomiendo la lectura
del libro para profundizar en aquel hecho verídico). Pues bien esas dos
realidades expresan, con bastante acierto, ese choque entre la modernidad y la
antigüedad, entre la libertad y la represión… Ruego al lector que repare en el
último párrafo que transcribo y disfrute de su belleza plena de recursos e imágenes
y cómo el autor refuerza la “cosificación”
de los detenidos.
“Si iba a ser director de
cine, David debería saber que todas las estrellas usaban ya jabón Lux y no Heno
de Pravia, cuyo perfume llevaba a los viejos aguamaniles de la abuela. En los
televisores de tubo en blanco y negro cubiertos con una cortinilla y coronados
con unas flores de plástico se anunciaban los primeros frigoríficos y se
recomendaba a las amas de casa un detergente que después de lavar los platos
dejaba las manos suaves para la caricia nocturna. El Seat 600 había dejado paso
al Dauphine y este al Renault Dos Caballos, muy amado por los incipientes
progresistas. Pero el sueño de David era tener un descapotable con un claxon
que sonara con una musiquilla tatá taretá tatá, como lo hacía el de Vittorio
Gassman en la película Il Sorpasso. Esa escapada era el símbolo de la
modernidad. Huir, huir sin sentido alguno en medio de una ciudad vacía hasta
caer en el acantilado. Cantaba Gloria Lasso la luna de miel y las parejas
pegadas con un sudor de colonia Myrurgia bailaban los boleros de Nat King Cole
y de los Cinco Latinos en el Elefante Blanco, en Micheleta, en Gayango, en la
parrilla del Rex, y aquellas chicas de faldas tubulares se ponían muy tiernas e
incluso se dejaban morrear cuando sonaba el saxo con la melodía de «Petite
Fleur».
Por lo demás
seguía declarado el estado de excepción debido a la huelga de los mineros de
Asturias, la policía social estaba pasando la lima del siete por los bajos de
la clandestinidad y con ayuda de delatores de dentadura mellada descargaba cada
día una gran cosecha de estudiantes sospechosos en los sótanos de las
comisarías”.
D. Manuel
Vicent es un escritor minucioso y detallista que siempre muestra en sus libros
esa delicadeza tanto desde un punto de vista formal, con una prosa ubérrima,
como en la construcción del propio relato. Me gustaría destacar un par de
escenas de la novela que sirven para ejemplificar el talento del autor ante dos
situaciones totalmente antitéticas. Por una parte el relato ambientado en el
café Gijón, donde aparecerán, entre otros, Edgar Neville, Miguel Miura, el
actor Enrique Guitart, Pepe López Rubio, Fernando Fernán Gómez, etc…, en el que
el autor nos va a narrar la peripecia del león y del mono Manolo. Se trata de
un fragmento costumbrista escrito con muchísimo sentido del humor, pero a la
vez con ese indefinible sentimiento de desamparo: “A partir de ese día, el mono Manolo se hizo el dueño y señor del Café
Gijón, y el lance del león fue suficiente para que David fuera admitido como
pasajero con todos los honores en aquella barcaza de náufragos hambrientos de
gloria y de pepitos de ternera”. La otra escena, en clara contraposición
con la anterior es el relato del encarcelamiento de David en los calabozos de
la Puerta del Sol en la que el autor nos hará una descripción desgarrada del
uso de la brutalidad. Pero, y ahí vuelve de nuevo el parentesco de David con
D.Quijote encontrará una manera de sobreponerse y sublimar tanto dolor:
“David recordó la historia de un prisionero que
había pasado el resto de su vida en una mazmorra. Quienes pudieron contarlo
decían haber tenido la sensación de que el tiempo se había fundido y solo
quedaba el espacio frente a un muro que estaba a solo dos metros de distancia
iluminado por una alta aspillera, y que ese horizonte acababa por penetrar en
el cerebro a través de los ojos cerrados. En ese muro, algunos prisioneros
habían arañado con las uñas negras versos sublimes y blasfemias
impronunciables, habían expresado sus sueños de libertad rubricándolos con
lamparones de esperma, pero el prisionero condenado a cadena perpetua ideó la
única forma que tenía de escapar: dibujó en el muro de la mazmorra una ventana
abierta a un paisaje de palmeras con un mar al fondo y a través de ella había
logrado fugarse hacia dentro de sí mismo. David llegó a la idea de que era
posible navegar hacia una isla del tesoro en un velero a su antojo sobre un mar
de dulzura, sin abandonar esta maldita celda de la Dirección General de
Seguridad iluminada por una alta bombilla polvorienta fuera de su alcance”.
Ya, por último
y para terminar esta larga reseña, sí me gustaría incidir en algunos aspectos
que entiendo fundamentales a la hora de estudiar esta novela. “Ava en la noche” es una novela
deliciosa escrita con mucho talento y oficio. Fiel a su estilo se puede
apreciar el uso habitual de sus antítesis y dualidades y el uso de prosa suya
plena de carnalidad y sensualidad meridional. En esta novela objeto de estudio
el autor nos muestra algunas escenas realmente sublimes que nos emocionaran,
nos harán sonreír o, simplemente, que no es poco, nos dejarán en un clamoroso
silencio pensativo. Tal y como ocurre en el Quijote, cuando terminemos la
lectura siempre nos quedará la duda razonable de dónde está esa inapreciable
línea que separa la realidad de la ficción, lo veraz de lo falaz. Esta “duda razonable” aparece en muchos
lugares de la novela. Como colofón de este análisis os transcribo este
fragmento que siempre nos dejará en duda de si este diálogo de Luis García Berlanga
y del protagonista fue la auténtica génesis de la película “El verdugo”
“Vamos a ver, en nuestra
tierra la gente tiene mucha imaginación. Hagamos una prueba: cuéntame aquí de
pie, en un minuto, una historia para un guion. Como se hace en Hollywood. Ya
sabes, allí pagan una pasta por una buena idea.
—¿Una idea?
—Eso es. Sin
pensar. Lo primero que se te ocurra.
—Pues… No sé…
A ver… Se trataría de un verdugo pusilánime a quien el propio reo tuvo que
darle ánimos en el momento de manejar el garrote —dijo David al recordar, de
pronto, la ejecución de la envenenadora de Valencia”.
Dicho
todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo expuesto más arriba e intentando ser
lo más fiel posible a mi conciencia y a modo de entender el arte de la
literatura, creo que la puntuación que más justicia haría a “Ava en la noche” del
gran escritor castellonense D.Manuel Vicent sería de un 8,25/10.
(Para ilustrar esta reseña os dejo un curioso reportaje sobre el rodaje de la película "55 días en Pekín" que rodó en Madrid Ava Gardner)
viernes, 5 de junio de 2020
Terra Alta. Javier Cercas
Título: Terra Alta
Autor: Javier Cercas.
Editorial: Planeta.
Autor: Javier Cercas.
Editorial: Planeta.
Colección: Autores Españoles e
Iberoamericanos
ISBN: 9788408217848
Primera Edición: 5 de noviembre de 2019
Páginas: 384
“Creer en Dios es una apuesta segura: si pierdes no
pierdes nada,
si ganas lo
ganas todo…”
(Blaise Pascal)
“Pero las heridas de verdad son las otras. Las que
nadie ve. Las que la gente lleva en secreto. Ésas son las que lo explican todo,
pero de ésas nadie habla.
Y, quién sabe, a lo mejor está bien que así sea.”
“La mitad de un libro la pone el escritor, la otra
mitad la pones tú”.
(Terra Alta. Javier Cercas)
“¿Puede acaso el destino ser malo como un ser
inteligente,
y llegar a ser monstruoso como el corazón humano?”
(Los Miserables, Victor Hugo)
Ayer terminé
la lectura de la última novela galardonada con el Premio Planeta 2019 “Terra
Alta” de Javier Cercas a media tarde. Durante toda la tarde estuve dándole
vueltas en mi cabeza a su lectura y consultando mi cuaderno de notas. Cuando me
acosté no podía parar de pensar en la novela y ya, totalmente desvelado, me
levanté y cogí la novela y comencé a repasarla de nuevo. Tengo que reconoceros,
queridos amigos seguidores de este blog literario, que esto, afortunadamente,
no me suele ocurrir con mucha frecuencia. Esta segunda lectura, a horas
ciertamente intempestivas, en el silencio de la noche me ha ayudado, sin duda
alguna, a aquilatar y afinar mis impresiones en la lectura previa. Para
escribir este análisis literario voy a intentar ser lo más objetivo posible
intentando aplicar las premisas propias e inherentes a cualquier método de
análisis científico. Porque, como bien decía uno de mis mejores maestros, de
recuerdo indeleble para mí, durante mi formación intelectual, la filología es
una ciencia tan “científica” como la física o las matemáticas. Y es, precisamente
bajo esta premisa fundamental, como afronto este análisis.
Antes de
entrar en materia sí me gustaría hacer algunas consideraciones previas que, en
mi opinión, son necesarias e imprescindibles. Javier Cercas es para mí unos de
los autores más interesantes que tenemos en la actualidad en nuestro panorama
literario. Y lo es porque es diferente a los demás, porque se trata de un
intelectual, de un filólogo, de un hombre de una sólida cultura metido a
escritor. Y esta premisa es fundamental para intentar profundizar en su obra
literaria. Durante la trayectoria de este blog ya he estudiado y analizado dos
de sus novelas anteriores: Las leyes de la frontera y El impostor. Recomendaría
al lector que, si es posible, repasasen estas reseñas (están hiperenlazadas) que,
de alguna manera, complementaran este análisis porque todas sus novelas, en
cierto modo, hay que entenderlas como partes de un mismo “corpus”.
En “Terra
Alta” Javier Cercas nos propone una novela para mí muy complicada de definir.
Una definición muy simplista, y por lo tanto injusta y además sesgada, sería
decir que estamos ante una novela adscrita al género negro, puesto que hay un
asesinato y una investigación subsiguiente. Pero esto sería quedarse en la
lectura más obvia y superficial. “Terra Alta” es mucho más que una novela negra
y quedarnos únicamente en este nivel de lectura solo podría provocarnos, en
muchos casos incomprensión y desilusión. El texto que nos propone el autor es
mucho más complejo que eso, es una profunda reflexión, como por otra parte lo son
todas sus novelas, sobre la condición humana. Y creo que es necesario
profundizar en todos los niveles de lectura. Entiendo que muy exigente porque se
nos propone un texto, no lo olvidemos, escrito por un intelectual. Sin duda si
únicamente nos quedamos en el nivel más obvio y evidente, de la novela negra,
no habremos entendido absolutamente la riqueza de esta novela. Cercas como
filólogo, al igual que en todas sus novelas, nos propone un libro exquisito
para los que amamos la literatura con esa imagen especular con “Los miserables”
la obra maestra de Victor Hugo y, en mi opinión, una de las obras capitales de
toda la literatura universal. Y como para el protagonista de la novela, Melchor
Marín, será una guía iniciática que marcará su vida y sus acciones. Posteriormente,
a lo largo de este análisis profundizaré más, dentro de las estrechas
posibilidades que ofrece una reseña de estas características, en el tema de los
niveles de lectura y, como creo que mejor se define “Terra alta” es una
magnífica novela sobre la metaliteratura. Por lo que entiendo, perfectamente,
que si no “rompemos” esa barrera de profundizar en otros niveles de lectura nos
pueda parecer una novela policiaca del montón.
Como ya es
habitual, llegados a este punto de la reseña, creo que lo más adecuado es
pergeñar, aunque sea someramente, una sinopsis argumental de la novela. Como ya
advertía un poco más arriba lo más importante, lo más interesante de la novela
hay que encontrarlo en otros niveles más profundos de lectura que el nivel
superficial que nos puede relatar su sinopsis argumental. En cualquier caso
paso a transcribirla a continuación.
“Un crimen terrible sacude la apacible comarca de la Terra Alta: los
propietarios de su mayor empresa, Gráficas Adell, aparecen asesinados tras
haber sido sometidos a atroces torturas. Se encarga del caso Melchor Marín, un
joven policía y lector voraz llegado desde Barcelona cuatro años atrás, con un
oscuro pasado a cuestas que le ha convertido en una leyenda del cuerpo y que
cree haber enterrado bajo su vida feliz como marido de la bibliotecaria del
pueblo y padre de una niña llamada Cosette, igual que la hija de Jean Valjean,
el protagonista de su novela favorita: Los miserables.
Partiendo de ese suceso, y a través de una narración trepidante y repleta
de personajes memorables, esta novela se convierte en una lúcida reflexión
sobre el valor de la ley, la posibilidad de la justicia y la legitimidad de la
venganza, pero sobre todo en la epopeya de un hombre en busca de su lugar en el
mundo”.
Desde un punto de vista
meramente formal Javier Cercas nos plantea un relato en dos planos temporales
que se van alternando y entrecruzando a lo largo del texto. Un primer plano
sería el relato de la investigación criminal del asesinato del matrimonio
Adell, narrador en tercera persona y en tiempo presente y, por otra parte, el
relato en tercera persona y en tiempo pasado en el que el autor bucea en el
pasado del protagonista. Este relato retrospectivo, para mí, resulta más
importante incluso que el propio relato de la investigación. Espero no
equivocarme si digo que Cercas ha puesto mucho más de él en esta “segunda”
trama que, propiamente en la principal. El tema realmente
importante es lo que ya planteó Victor Hugo cuando escribió su magna obra “Les
Misérables”, un tema intemporal que mientras que los seres humanos pueblen la
faz de la tierra, siempre habrá algún hombre (o mujer, por supuesto) que tendrá
la sensación de que Víctor Hugo escribió
esa novela pensando en él. Es un placer leer “Terra alta”, como toda la obra
narrativa de ese intelectual metido a novelista que es Javier Cercas y
disfrutar de ese amor que destila por la literatura y por su compromiso social
y existencial que deja patente en su obra. A continuación dejo un pequeño
párrafo que, leyéndolo en un nivel más profundo de lectura, es toda una
declaración de intenciones por parte del autor a la hora de entender su
narrativa:
“Como la semana anterior, la biblioteca acababa de abrir; como la
semana anterior, estaban solos.
—Pasternak era poeta —dijo Olga—. ¿Te gusta
la poesía?
—No mucho —reconoció Melchor, que apenas
había leído poesía—. Los poetas me parecen novelistas perezosos.
Olga se quedó pensativa.
—Puede ser —dijo—. Aunque a mí casi todos los
novelistas me parecen poetas que escriben demasiado”.
Enfrentarme a esta crítica
literaria me ha permitido volver a consultar mis cuadernos de notas sobre las
anteriores novelas que ya reseñe con anterioridad en este blog literario. Y
esta vuelta atrás, retrospectiva, me ha ayudado a comprender la solidez y
coherencia de toda la obra narrativa de Cercas. Como dije más arriba el autor volverá
a hablar de sí mismo, eso sí, variando el ángulo de incidencia, el punto de
vista, para enriquecer su mirada. Entiendo que “Terra alta” no sea,
probablemente, una gran novela “negra” al uso. Algunos giros de “guión” están muy
forzados, como por ejemplo todo lo relativo al atentado terrorista de Cambrills,
la resolución del caso que honestamente resulta poco creíble e incoherente con
la investigación (no voy a entrar en más detalles para no reventar la novela). El
lector no debe buscar exclusivamente una brillante investigación criminal en la
que todo el mecanismo funciona con la precisión de un reloj suizo. Como decía
al principio no debemos considerar “Terra alta” como una novela negra en “strito
sensu” es muchísimo más y ese muchísimo más es lo que hace de este libro una
magnífica novela.
“Terminó la novela conmocionado, con la certeza de que ya no era la misma
persona que empezó a leerla, y de que nunca volvería a serlo”.
El personaje de Melchor Marín
es, sin duda alguna, el más interesante de toda la novela. Y para comprenderle
en su esencia es necesario volver a “Les miserables” que es, por así decirlo y
aunque suene hiperbólico, esa gran novela que engloba a todas las demás. Amigo
lector si aún no has leído esta obra maestra, sin duda alguna, te recomiendo
encarecidamente su lectura. En cualquier caso, voy a transcribir un fragmento (a
pesar de su extremada longitud) que explicita muy bien esta relación del
protagonista con la obra de Hugo.
“«De la sociedad no había recibido sino males. Los hombres no le
habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto que con ellos había
tenido había sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre,
nunca había encontrado una voz amiga, una mirada benévola. Así, de padecimiento
en padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra, y de que
en esta guerra era él el vencido. Y, no teniendo más arma que el odio, resolvió
aguzarlo en el presidio, y llevarlo consigo a su salida».
Estas palabras le enervaron, le sublevaron,
le electrizaron, terminaron de compenetrarle con Jean Valjean, aquel convicto
que jamás reía, hosco, desdichado, sombrío y absorto, que «parecía ocupado
siempre en mirar cosas terribles». Se identificó por completo con él: la furia
de Jean Valjean era su furia, el dolor era su dolor, el odio era su odio. La
compenetración, sin embargo, duró poco. Apenas unas páginas después, Jean
Valjean cambió de nombre y se convirtió en el señor Magdalena, el industrioso y
virtuoso y santo y sabio y respetado señor Magdalena, y Melchor sintió que se
le volvía un personaje ajeno y estomagante. Fue justo entonces cuando,
venturosamente (al menos venturosamente para él), apareció en la novela Javert,
un policía con ojos de ave rapaz, corazón de madera y cara de perro nacido de
una loba, un desarraigado sin esperanza y sin futuro, hijo de un presidiario y
una pitonisa, que encuentra su arraigo, su esperanza y su futuro en el apego
intransigente a la causa de la ley y se convierte en el perseguidor inflexible
de Jean Valjean, en su enemigo a muerte, en su Némesis.
Javert le encandiló. Lo que Melchor sentía
por aquel ser marginal y marginado era mucho más complejo y más sutil que lo
que había sentido por Jean Valjean. Javert era el malvado de la novela, el
autor lo había creado para que atrajera el desprecio del lector con su rocosa
antipatía, su vehemencia legalista y su fanatismo por momentos diabólico.
Aquello estaba claro. Pero Melchor también sabía que, tal vez a despecho del
autor, Javert tenía otra cara, y sentía que, en su terca defensa de las normas,
en su empeño inflexible en combatir el mal y hacer justicia, había una
generosidad y una pureza diamantinas, un afán idealista, caballeresco y sin
dobleces por proteger a quienes carecían de otra protección que la ley, una
conciencia heroica de que alguien debía sacrificar su reputación y su bienestar
personal para preservar el bienestar común. Frente a la empalagosa virtud
pública del señor Magdalena, Javert personificaba la virtud disfrazada de
vicio, la virtud secreta, la verdadera virtud.
Tengo que
confesaros que, generalmente, y después de tantos años dedicado a la crítica
literaria cada vez me siento más descreído respecto a los grandes certámenes
literarios. Llevo muchos años siguiendo los Premios Planeta y en, muchos casos,
fueron galardonadas novelas de una calidad, por decirlo suavemente, muy
discutible. En esta edición de 2019 el jurado estuvo integrado por Alberto
Blecua, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas,
Rosa Regàs y Belén López, directora de Editorial Planeta y secretaria del jurado con voto.
En esta ocasión han apostado por una novela arriesgada. Sí, arriesgada. Porque
estoy seguro que al lector habitual del género negro le va a resultar, por
decirlo de alguna manera, decepcionante porque no está escrita ni planificada
siguiendo los manidos patrones al uso de este género: resolución brillante de
un enrevesado caso criminal en donde, hasta el último momento el autor juega al
gato y al ratón con el lector, para sorprenderle con una brillante resolución,
etc, etc... Por eso mismo considero que el jurado ha tomado una decisión muy
valiente a la hora de premiar “Terra alta”.
Al poco tiempo de la concesión
del Premio Planeta a Javier Cercas en diferentes artículos de prensa e incluso
en radio y televisión se hizo mucho hincapié, en todas las entrevistas, sobre algunas
opiniones políticas relativas a la situación catalana que aparecen en la
novela, como por ejemplo que Melchor Marín sea el héroe de Cambrills, etc...
Honestamente después de leer y releer la novela no le encuentro ningún sentido
narrativo a su inclusión. Más bien podría parecer una intención de polemizar
para así darle más visibilidad (y mayores ventas a la novela). Dicho con todo
mi cariño creo que ni el relato, ni el libro, ni, por supuesto, un grandísimo
escritor como Javier Cercas lo necesitan. Como ejemplo cito un párrafo de la
novela cuya inclusión no aporta absolutamente nada ni al personaje ni al
desarrollo narrativo del texto.
“El sentimiento resultó ser exacto, como demostró el hecho de que el
grupo ni siquiera se agrietara en los días anteriores y posteriores al
referéndum independentista del 1 de octubre, poco después de su llegada a la
Terra Alta, cuando el Tribunal Constitucional suspendió la consulta, los jueces
ordenaron a los Mossos d’Esquadra que impidieran la votación y, presionados por
los políticos independentistas que habían convocado el plebiscito ilegal desde
el gobierno autónomo, los mandos del cuerpo dieron a sus subordinados
instrucciones soterradas pero suficientes de que no obedecieran a los jueces, o
no demasiado, o no del todo. Esta discrepancia entre las órdenes explícitas de
la judicatura y las órdenes implícitas de los mandos provocó tensiones en casi
todas las comisarías del cuerpo; también en la de la Terra Alta. Quien más las
padeció en la Unidad de Investigación fue el sargento Blai, que se enzarzó en
varios altercados verbales con compañeros de Seguridad Ciudadana partidarios de
facilitar la celebración del referéndum, como mínimo de no impedirlo. Melchor y
Salom asistieron a una de esas trifulcas mientras tomaban café una mañana en el
comedor de la comisaría; luego, ya a solas los tres, el caporal trató de
apaciguar al sargento quitando hierro a la disputa y bromeando con su condición
de independentista. La broma acabó de soliviantar a Blai.
—Me cago en Dios, Salom —dijo,
agarrando al caporal de la solapa de su camisa—. Yo soy independentista desde
que mi madre me parió, no como esta panda de conversos que nos gobiernan y que
nos dejarán en la estacada en cuanto puedan. Pero antes que independentista soy
policía, y los policías estamos para hacer cumplir la ley, o sea para hacer lo
que digan los jueces, no lo que nos salga de los cojones. Y si los putos jueces
me ordenan que cierre los colegios, yo me pongo en primer tiempo de saludo, me
meto mi independentismo por el culo, cierro los colegios y en paz. ¿Ha quedado
claro?”
Para no alargarme mucho más en
este extenso análisis, sí me gustaría destacar algunos aspectos a modo de
colofón. Javier Cercas es hoy por hoy uno de los mejores autores que tenemos en
la actualidad. Todas sus novelas muestran una gran riqueza que requiere de un
cierto esfuerzo por parte de los lectores para adentrarse en los niveles de
lectura más profundos en donde está la esencia de sus obras. No me cabe la
menor duda que pronto (si aún no lo es) Javier Cercas aparecerá en los manuales
de literatura. Ya para terminar este análisis voy a citar el último párrafo de
la reseña de su novela “El Impostor” que escribí en noviembre de 2014 y que puedo
suscribirlo punto por punto por su vigencia.
“Dicho
todo lo cual, y a modo de colofón final, sí me gustaría destacar que “El
impostor” es un magnífica novela que me ha impresionado notablemente. Un texto de
gran riqueza y valor literario que permite hacer una lectura en varios planos.
Aunque tengo que admitir, de nuevo, que es una novela que puede no gustar a
todos los públicos porque, insisto, es un texto exigente, un texto con
referencias culturales y eruditas que, tal vez, no sean del agrado de algunos
lectores más acostumbrados a otro tipo de literatura más sencilla y lúdica.
Pero, dicho esto, tengo que felicitar a Javier Cercas por esta novela tan
acabada y tan conseguida con que nos ha obsequiado a los amantes de la buena
literatura y aconsejaros, encarecidamente, la lectura de esta novela que, con
toda seguridad, os dará que pensar y no os dejará indiferentes”.
Dicho todo lo cual y teniendo en cuenta todo lo expuesto
más arriba e intentando ser lo más fiel posible a mi conciencia y a modo de
entender el arte de la literatura, creo que la puntuación que más justicia
haría a “Terra Alta”, novela galardonada con el Premio Planeta 2019 del
escritor Javier Cercas sería de un 8,75/10.
(Como ilustración a la reseña os adjunto un video de una presentación de la novela por parte de su autor)
lunes, 1 de junio de 2020
A corazón abierto. Elvira Lindo
Título: A corazón abierto.
Autor: Elvira Lindo.
ISBN: 9788432236365
Editorial : Seix Barral
Fecha edición: 3 de marzo de 2020.
Autor: Elvira Lindo.
ISBN: 9788432236365
Editorial : Seix Barral
Fecha edición: 3 de marzo de 2020.
Páginas: 384.
Hoy viene a
este blog literario un libro diferente. Un libro que en su misma esencia me resulta
poco menos que indefinible o, por decirlo de alguna manera, difícil de
clasificar. Me resistiré a hablar de este libro como una novela porque creo que
se resiste a verse definido en esta categoría. Tampoco sería un libro de
memorias, de ninguna manera. Más bien es un libro personal de la escritora
gaditana Elvira Lindo que, por tratarse de un libro tan personal (valga la
redundancia), no permite encasillarlo dentro de un género literario al uso.Y es
precisamente desde esta inevitable indefinición formal, donde he querido
enmarcar el análisis de “A corazón abierto” el último libro publicado por la
autora gaditana.
Como adelanto
al tenor general de este análisis literario creo que “A corazón abierto” es un
libro entretenido, probablemente escrito con una sencillez “premeditada” y una
estructuración anárquica en aras a un propósito estético y narrativo. Me ha
parecido un libro interesante y de sencilla lectura que probablemente no
defraudará a los lectores. Escrito con sentido del humor en muchos momentos y,
en otros muchos, con una mirada melancólica a aquellos años que nunca volverán…
Simplemente, aunque no fuera más que como estudio sociológico y antropológico
de los españoles de los años sesenta y setenta ya merecería la pena su lectura.
Pero todo esto que he anunciado lo iré desarrollando y argumentando a lo largo
de este análisis literario.
Como es
habitual comenzaremos por pergeñar, en unas pocas líneas, la sinopsis
argumental de “A corazón abierto”,
para este loable fin me permitiré transcribir la sinopsis que nos ofrece la
propia editorial porque creo que cumple sobradamente con su labor.
“El auge y declive de una gran
pasión, el amor feroz de dos personas que parecían conjurarse en contra de una
vida serena.
Partiendo de un
episodio ocurrido en Madrid en 1939, la narradora de esta historia cuenta la
apasionada y tormentosa relación de sus padres, y cómo la personalidad
desmedida de él y el corazón débil de ella marcaron el pulso de la vida de toda
la familia.
Elvira Lindo narra en
A corazón abierto la historia
de un hombre y una mujer que vivieron una gran pasión, un amor feroz, agitado
siempre por la presencia de los niños, por los cambios de domicilio, por la
enfermedad y por unas personalidades que parecían conjurarse en contra de una
vida serena.
En esta novela, Elvira Lindo convierte a sus
padres en personajes literarios para aproximarse a ellos con libertad, lucidez,
humor y empatía. Una historia sorprendente a veces, emocionante siempre, en la
que Elvira recuerda e inventa en la misma medida «porque contaba con tantas
evidencias como misterios en torno a la historia de estos dos personajes de los
que he acabado prendada, de tal manera que me ha costado desprenderme de este
universo tan íntimo para entregarlo a cualquiera que desee sumergirse en él»”.
Ayer, cuando cerré el libro después de su lectura tuve una contradictoria
sensación. Una indefinible sensación de cómo abordar el análisis de este texto.
Por una parte, como referí al principio de esta reseña, me ha parecido un libro
agradable de leer, entretenido y amable para el lector; sin embargo, al entrar
en una mirada más analítica me he sentido desconcertado por su aparente falta
de estructura narrativa, por sus anárquicas idas y venidas en su relato
temporal que, y lo digo con honestidad, me han dado una sensación de una
excesiva “espontaneidad”. Pero, sin embargo, esta aparente falta de “organización”,
ya se trate de reflexiva y meditada con un fin estético o fruto de la
improvisación, el caso es que, a lo largo de todo el libro, mantiene, más o
menos, el interés. Personalmente la parte que más me ha interesado, como
crítico literario, ha sido el capítulo final de la novela titulado “El niño y la bestia”. Se trata de un
relato (y retrato) costumbrista narrado con belleza y veracidad del Madrid de
la posguerra visto a través de los ojos de un niño. Y, tengo que confesar que
me lo he creído. Los lectores habituales de este blog literario saben que me
suelo mostrar muy crítico con las novelas que se narran a través de los ojos de
un niño, por la dificultad de hacer creíble que nos lo narra un niño y no un autor
adulto haciéndose pasar por niño. En este capítulo final Elvira Lindo sí
consigue dar esa sensación de veracidad y, como he comentado, no resulta, en
absoluto nada fácil.
El libro está estructurado en ocho capítulos que no representan una unidad
temática cerrada puesto que Elvira Lindo nos propone un relato absolutamente
acronológico en el que se producen constantes saltos temporales. De hecho el
comienzo se produce en tiempo “real” para dar paso a unos constantes “flashbacks”
(valga este anglicismo tan cinematográfico). La narración es en primera
persona, en la voz de la autora y está narrado en tiempo pasado por que el tiempo
narrativo es el actual cuando Elvira Lindo rinde homenaje a su padre a través
de esta novela. Es precisamente ella misma la que nos da, en un ejercicio de
sinceridad con ella misma y con sus lectores, muy encomiable, por cierto, la
clave de su interpretación
“Hacía tres años que había muerto mi
padre y yo andaba tanteando el terreno para escribir sobre él. No quería hacer
un ejercicio nostálgico, no soy proclive a la nostalgia, tampoco una suerte de
memorias, ni algo puramente sentimental. Deseaba que la escritura fuera la
continuación natural de un ejercicio al que me había entregado desde niña: a
observar, a observar a mi padre, a tratar de entender un comportamiento
errático, imprevisible, que iba de la calidez a la furia sin darte tiempo a
reaccionar. No hay persona a la que yo haya dedicado más horas de conversación
que a mi padre. Desde el análisis que hacíamos de él mi hermana y yo con
nuestra manía de exprimir los asuntos hasta que se agota el sentido de las
palabras, a esas horas de terapia a las que tantas veces he acudido para calmar
mi ansiedad y en las que la presencia paterna ha acabado por acaparar el
espacio que yo debía dedicar a mis propias neurosis. Aunque podría trazar una
línea clara y certera de sus obsesiones a las mías, de sus angustias a las
mías, porque es inevitable reproducir algo de los esquemas mentales de quien te
educó, jamás eso mermó mi cariño. Como él, soy dura y no tiendo a culpar a los
demás de mis incapacidades. Dicen que de los muertos se acaba añorando más las
manías que te irritaban que la coherencia de sus actos: si hay algo que yo no
quisiera borrar de su recuerdo es aquello que en su día me avergonzó o me
irritó. En la habitual idealización de los muertos, tan practicada en el ámbito
familiar, hay una falta a la verdad que me saca de quicio”.
También es destacable que los personajes que aparecen, a excepción del
personaje de Manolo, el padre de Elvira Lindo, que es, sin duda alguna el
protagonista absoluto de este libro, aparecen dibujados con suaves contornos
pero, es indudable, que se aprecia el cariño que pone la autora en ellos.
Personalmente me ha interesado mucho el personaje de su abuela Doña Sagrario y
cómo la autora ha sabido mostrarnos desde la perspectiva de una niña esa
imponente figura. En “A corazón abierto” vamos a asistir a muy pocas
descripciones físicas de los personajes, más bien serán una especie de
descripciones-etopeyas. No me puedo resistir a transcribir un interesante
fragmento del libro. En este fragmento la autora nos va a dar una importante
clave para analizar el tratamiento de los personajes en este texto, dedicado,
precisamente, a su abuela Doña Sagrario.
“Hacía tres años que había muerto mi
padre y yo andaba tanteando el terreno para escribir sobre él. No quería hacer
un ejercicio nostálgico, no soy proclive a la nostalgia, tampoco una suerte de
memorias, ni algo puramente sentimental. Deseaba que la escritura fuera la
continuación natural de un ejercicio al que me había entregado desde niña: a
observar, a observar a mi padre, a tratar de entender un comportamiento
errático, imprevisible, que iba de la calidez a la furia sin darte tiempo a
reaccionar. No hay persona a la que yo haya dedicado más horas de conversación
que a mi padre. Desde el análisis que hacíamos de él mi hermana y yo con
nuestra manía de exprimir los asuntos hasta que se agota el sentido de las
palabras, a esas horas de terapia a las que tantas veces he acudido para calmar
mi ansiedad y en las que la presencia paterna ha acabado por acaparar el
espacio que yo debía dedicar a mis propias neurosis. Aunque podría trazar una
línea clara y certera de sus obsesiones a las mías, de sus angustias a las
mías, porque es inevitable reproducir algo de los esquemas mentales de quien te
educó, jamás eso mermó mi cariño. Como él, soy dura y no tiendo a culpar a los
demás de mis incapacidades. Dicen que de los muertos se acaba añorando más las
manías que te irritaban que la coherencia de sus actos: si hay algo que yo no
quisiera borrar de su recuerdo es aquello que en su día me avergonzó o me
irritó. En la habitual idealización de los muertos, tan practicada en el ámbito
familiar, hay una falta a la verdad que me saca de quicio”.
“A corazón abierto” es un canto a la nostalgia, al recuerdo, a “aquellas
pequeñas cosas” como diría Joan Manuel Serrat. Especialmente, en mi modesta
opinión, se aprecia en la escena en la que, tras el fallecimiento de Manolo,
tienen que ir a deshacer el piso y todo lo que representaba, sentimentalmente,
para la autora. Elvira Lindo no cae en falso romanticismo lacrimógeno, al
contrario, nos narrará todos estos acontecimientos con mesura, con una emoción
contenida que me ha gustado. Sin duda alguna, creo que este libro resultará muy
del agrado de todos aquellos lectores que hayan vivido su niñez en esa frontera
entre los años sesenta y setenta. Esos interminables viajes en coche, esos
descubrimientos, a escondidas, de la sexualidad y de la vida adulta, esas
relaciones tan “crueles”, valga la expresión, entre hermano, etc, etc.
En conclusión y para no extenderme mucho más en este análisis literario,
creo que “A corazón abierto” es un libro desigual, con una aparente sensación
de improvisación en su estructura narrativa pero, sin embargo, su lectura
resulta entretenida y, estoy seguro, de que muchos lectores no podrán evitar
sonreír al verse identificado con tantos detalles y recuerdos que nos evoca
Elvira Lindo. Sin duda un hermoso canto a la nostalgia, al recuerdo y a “aquellos
maravillosos” años que se nos escaparon entre los dedos para, lamentablemente,
nunca más volver.
Dicho todo lo cual y
valorando todo lo referido en la presente reseña y siendo fiel a mi conciencia
y a modo de entender el arte literario,
creo que la puntuación que haría más justicia al libro “A corazón
abierto” de la escritora gaditana Elvira Lindo, sería de un 6,50/10.
(Para ilustrar esta reseña os dejo una entrevista a Elvira Lindo sobre este libro).
viernes, 29 de mayo de 2020
La madre de Frankenstein. Almudena Grandes
Título: La madre de Frankenstein
Autores: Almudena Grandes..
Editorial: Tusquets Editores, S.A.
Autores: Almudena Grandes..
Editorial: Tusquets Editores, S.A.
Colección: Andanzas. Episodios de una
guerra interminable.
ISBN: 9788490667804
Fecha 1ª edición: 4 de febrero 2020.
Páginas: 560.
Fecha 1ª edición: 4 de febrero 2020.
Páginas: 560.
“He escrito este libro en memoria de todas
esas mujeres que no pudieron
atreverse a
tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas,
que pasaron directamente de la tutela de sus padres
a la de sus maridos,
que perdieron la libertad en la que habían vivido
sus madres para
llegar tarde
a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”
(La madre de
Frankenstein. Almudena Grandes)
“Aquel que reza para cambiar un suceso que ya ha
ocurrido, reza en vano, pues ni siquiera Dios puede hacer que el tiempo
retroceda” (El Talmud).
A
mi linda flor de los Andes como siempre, para siempre y por siempre.
Cada vez que
me siento ante el ordenador para escribir estas críticas literarias no puedo
evitar que me atenace una sensación de responsabilidad que, en algunas
ocasiones, llega a ser asfixiante. Y ésta, sin duda alguna, es una de ellas.
Conforme avanzaba en la lectura y análisis de “La madre de Frankenstein” de la gran escritora madrileña Almudena
Grandes, me sentía como en una montaña rusa de sensaciones que, ora conseguía
embargarme, ora me arrobaba, subyugándome en algunos momentos, ora me dejaba
una indefinible sensación de una cierta insatisfacción. Pero sin duda alguna,
lo que más desasosiego me ha producido al cerrar el libro es recordar las
magníficas y encendidas críticas, casi unánimes, recibidas por mis ilustres
colegas de profesión que, sin duda alguna, tienen un mayor conocimiento y
profundidad de análisis que este modesto bachiller, ponderando esta novela
como, probablemente, la mejor de su autora. Sin embargo, lo que para mí es
indubitable, lo que representa la esencia de toda una vida dedicada a la
literatura es la honestidad. Sí. La honestidad y la responsabilidad con mi
conciencia y con los eventuales lectores de esta reseña. A lo largo de esta
crítica podré desarrollar y argumentar, con más detenimiento, en qué sustento
estas opiniones.
Para
intentar avanzar en el estudio y disección de esta novela, creo que es
importante detenernos en el subtítulo de la novela en la que Almudena Grandes
nos va a dar la clave temática que va a desarrollar en el libro. El título
completo de la novela es “La madre de
Frankenstein. Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de
la España nacionalcatólica, Manicomio de mujeres de Ciempozuelos; Madrid
1954-1956”. Este subtitulo ya es toda una declaración de intenciones que
nos da la pista, el tenor, el marco temático por el que va a discurrir la
novela. Que no hay que perder de vista que a su vez está inserta en un marco
general mucho más amplio como es ese magno y encomiable plan que son los “Episodios de una guerra interminable”.
Homenaje evidente, por parte de la autora, y nunca suficiente para todos los
que amamos la literatura, a la figura de D. Benito Pérez Galdós. Más adelante,
cuando entremos al fondo del análisis me gustaría extenderme algo más en la
figura de Galdós y su influencia sobre esta novela que, en ningún caso es
baladí.
Como
ya es habitual y siguiendo la metodología y el rigor propio de un análisis
literario y con la intención de enmarcar el objeto de nuestro estudio voy a
proceder a transcribir la sinopsis argumental de “La madre de Frankstein” que nos propone la misma editorial
Tusquets:
“En 1954,
el joven psiquiatra Germán Velázquez vuelve a España para trabajar en el
manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid. Tras salir al exilio en
1939, ha vivido quince años en Suiza, acogido por la familia del doctor
Goldstein. En Ciempozuelos, Germán se reencuentra con Aurora Rodríguez
Carballeira, una parricida paranoica, inteligentísima, que le fascinó a los
trece años, y conoce a una auxiliar de enfermería, María Castejón, a la que
doña Aurora enseñó a leer y a escribir cuando era una niña. Germán, atraído por
María, no entiende el rechazo de ésta, y sospecha que su vida esconde muchos
secretos. El lector descubrirá su origen modesto como nieta del jardinero del
manicomio, sus años de criada en Madrid, su desdichada historia de amor, a la
par que los motivos por los que Germán ha regresado a España. Almas gemelas que
quieren huir de sus respectivos pasados, Germán y María quieren darse una
oportunidad, pero viven en un país humillado, donde los pecados se convierten
en delitos, y el puritanismo, la moral oficial, encubre todo tipo de abusos y
atropellos”.
Empezaré este análisis literario por el final. Me explico. Me ha
parecido interesantísimo ese capítulo final, a modo de epílogo, titulado “La historia de Germán. Nota de la autora”.
Me ha interesado sobremanera porque la autora en primera persona nos ha
permitido acercarnos a la génesis del proceso creativo, a ese momento “mágico”
de la creación literaria. Contemplaremos cómo la autora levanta los cimientos
de su novela a partir de determinados hechos reales y una prolija labor de
documentación y cómo va tomando forma y vida en sus manos. A mí, como ya he
referido, me ha parecido delicioso este epílogo por la honestidad y la
generosidad de Almudena Grandes por permitirnos asomarnos a ese “sancta sanctorum”, a ese reducto tan
íntimo y personal de un escritor que, sin embargo, ella no ha tenido ningún
remilgo en mostrarnos abiertamente.
Entrando ya propiamente en este análisis y para ser lo más didáctico
posible en su exposición voy a intentar diseccionar la novela desde diferentes
aspectos. En primer lugar vamos a estudiar el texto desde un punto de vista
narrativo y estructural. “La madre de Frankenstein” es una novela estructurada
en cuatro grandes partes: I. El asombro (1954), II. La compañía (1955), III. La
soledad (1956) y IV. La madre de Frankenstein (y el epílogo anteriormente
citado). Sin embargo sería muy miope considerar que la narración está tan
ordenada y tan estructurada linealmente (en lo que se refiere al tiempo
narrativo). Almudena Grandes es una de las mejores escritoras (y escritores,
obviamente) y constantemente nos propondrá tanto cambios de narrador como
cambios temporales y espaciales. Intentaré explicarme un poco más. A pesar de
que por su planteamiento sea una novela muy exigente para el lector, la autora
consigue hacer fácil su lectura. Con una técnica, que sólo ella maneja con
tanta solvencia, nos permite pasar de la voz de un narrador en tiempo presente
narrativo a otro segundo narrador en tiempo pasado en la línea siguiente. Y lo
realmente difícil es que el lector comprende y asimila, perfectamente, este
salto narrativo. La autora opta por utilizar tres voces narrativas: el doctor
Germán Velázquez, María Castejón y Aurora Rodríguez Carballeira. Esta técnica
narrativa nos va a permitir subjetivar la narración y darle una mayor veracidad.
Llegado a este punto me gustaría puntualizar las críticas de algunos lectores
que consideran el sectarismo de los personajes que pueblan las novelas de
Almudena Grandes. Las críticas suelen observar que sus personajes son
excesivamente “maniqueos” en los que los buenos son muy buenos y los malos son
malísimos. Hay que considerar que la autora, por así decirlo, entiéndaseme,
queda al margen de la narración. La apreciación que tenemos sobre la maldad o
bondad de ciertos personajes es el punto de vista y por tanto muy subjetivo,
como no podía ser de otro modo, del personaje que narra la historia.
Desde un punto de vista estilístico todas sus novelas muestran
algunos rasgos interesantes que no pueden quedar al margen de un análisis
literario. En “La madre de Frankenstein”
hay muchos momentos realmente enjundiosos, solo a modo de ejemplo voy a citar
un fragmento que mediante el uso de la expresión “en francés” convierte este
texto en prosa en una suerte de prosa poética gracias a una especie de anáfora:
“En francés escuché que mi
palabra no tenía ningún valor, que mi dinero alcanzaría para comprar un billete
de barco de tercera clase a Marsella, que eso daba igual porque no estaba
autorizado a abandonar Orán. En francés
me explicaron que para mí sólo había dos futuros posibles, una invitación
expresa del ciudadano suizo que se hubiera ofrecido a acogerme en su casa,
siempre que proporcionara garantías suficientes al Gobierno de París de que no
iba a quedarme a vivir en su territorio y llegara acompañada de un billete que
sólo él podría comprar y enviarme, o un campo de trabajo donde me reencontraría
con la mayor parte de mis compañeros del Stanbrook,
que se estaban incorporando ya a las obras de construcción del ferrocarril
transahariano. En francés, una
variante horrible y cargada de faltas de ortografía, escribí una carta al
doctor Goldstein, explicándole mi situación, rogándole que escribiera a mis
padres para que supieran que estaba vivo y a salvo, ofreciéndome a devolverle
el importe de mi billete si se decidía a enviármelo. En francés me relacioné con los gendarmes que me trajeron la comida
y me vendieron tabaco durante el mes y medio que pasé en un calabozo de aquella
comisaría, donde ocasionalmente tuve algunos compañeros franceses y argelinos,
nadie con quien pudiera hablar en español. En
francés me recibió el comisario, …”
Comentaba al principio que esta novela es claramente deudora de D.
Benito Pérez Galdós, probablemente uno de los autores más notables de la historia
de la literatura en lengua castellana, y Almudena Grandes, en este centenario
del fallecimiento de nuestro genial autor, le homenajea no solo explícitamente,
como en el siguiente fragmento, sino también en su manera de narrar y en esa “asimilación”
que sufre el personaje de María Castejón con la inmortal figura de Fortunata:
“Eso pensé yo cuando me
leí Tormento, que fue la
primera y me encantó, pero tanto, tanto... Lo bueno de Galdós era que no se
acababa nunca. Esos seis tomos tan gordos, ¡qué gusto! El caso es que doña
Aurora también los tenía pero, claro, cuando yo iba a su cuarto a leer, era muy
pequeña y me gustaban más otras cosas. Total, que en el verano de 1949, los
señores me dieron dos semanas de vacaciones, que las del año anterior se las
habían comido, porque como empecé a trabajar para ellos en septiembre del 47,
dijeron que no me tocaban, pero en agosto del 49, me fui quince días a
Ciempozuelos, con permiso de las monjas, claro está, y me llevé uno de los
tomos de las novelas de Galdós de la parroquia. Me metí en el cuarto donde está
ahora mi abuela, ese que tiene una forma tan rara, en el Sagrado Corazón, y
aunque ella me interrumpía mucho, y me pedía que la ayudara cada dos por tres,
me leí Fortunata y Jacinta dos
veces seguidas. Es que cuando la terminé, no me apetecía leer ninguna otra
cosa, así que me la empecé otra vez. Y no me arrepentí, no crea, me pareció un
libro maravilloso”.
Como ya sugiere el subtítulo de la novela “Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de la
España nacionalcatólica, Manicomio de mujeres de Ciempozuelos; Madrid
1954-1956” la autora nos va a proponer una novela, extraordinariamente
documentada, que nos va a transportar a una época muy gris de nuestra historia
reciente. Ejemplo de esta exhaustiva labor de documentación sería este párrafo:
“No creo necesario
detenerme mucho en la obra de Antonio Vallejo Nájera, célebre autor de la
teoría del llamado «gen rojo», que establecía una relación directa entre el
marxismo y la debilidad mental, o imbecilidad, como escribió él en ocasiones.
Pero, por si algún lector tiene alguna duda, aclaro que lo que Germán Velázquez
aprendió de su padre es rigurosamente cierto. También lo es que las teorías
eugenésicas que Vallejo desarrolló en obras como Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de
la raza (1937),
Eugamia:
selección de novios (1938) o Política racial del nuevo Estado (1938), dieron amparo teórico al robo de niños
recién nacidos que se practicó a lo largo de la dictadura franquista, primero
en las cárceles, arrancando a los bebés de los vientres de las presas
políticas, después en clínicas privadas y coyunturas mucho menos dramáticas que
la que se cuenta en esta novela. A menudo, bastaba con que una mujer acudiera
sola a determinadas clínicas para que saliera sin el bebé que acababa de parir
y con un falso certificado de defunción del niño, o la niña, que crecerían en
una familia ajena, sin conocer a sus verdaderos padres. Y aunque no puede
achacarse responsabilidad directa en este asunto a ninguna orden religiosa, ni
a la Iglesia católica como institución, lo cierto es que, desde que se empezó a
investigar con rigor, no es raro encontrar algún sacerdote, o alguna monja,
trabajando mano a mano con algún médico en las redes que se dedicaron a robar
niños en la España de Franco y aún después”.
La propia Almudena Grandes nos describe los mimbres de su novela: “La
madre de Frankenstein es una novela de ficción construida sobre hechos
reales. Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora
Rodríguez Carballeira, una realidad que parece un alucinante, incluso
delirante, argumento de ficción. Porque alrededor de la madre de Hildegart, de
su vida, de su crimen y su destino, se fueron trenzando un buen número de
historias, algunas falsas y muy hermosas, otras ciertas y mucho más feas”. A
lo largo del relato desfilarán más de 100 personajes que, incluso los más
episódicos, están trazados con pulso firme y llenos de vida. Con toda seguridad
los lectores guardarán en su recuerdo a muchos de estos personajes, algunos
entrañables, otros en su mezquindad aborrecibles, pero siempre, como señalaba
un poco más arriba, vivos. Otro de los grandes aciertos que tiene la exquisita
edición de Tusquets es el detallado censo de personajes que aparece al final
del libro, ordenados con criterios “topográficos”. A través de los
personajes la autora nos mostrará, descarnadamente, aquella triste realidad de
los vencidos en la guerra, de las mujeres, de los homosexuales y, en definitiva,
como siempre, de los más desfavorecidos:
“En 1941, en aquel
cursillo al que asistió a la fuerza, Eduardo conoció a otro homosexual, un
hombre de cuarenta años y aspecto muy sombrío, casado, con hijos, que hablaba
poco y daba la impresión de estar completamente doblegado. El primer día tomó
la palabra para confesar en público sus pecados y su arrepentimiento en un tono
de humillación tan impúdico que daba vergüenza escucharle. Pero a uno de los
asistentes del director del cursillo, un sacerdote recién salido del seminario
que se llamaba Pedro Armenteros, le impresionó tanto aquella intervención que
le animó a compartir su experiencia con un joven estudiante que ya había pasado
por las manos de tres psiquiatras madrileños muy conocidos. Los tres le habían
asegurado a la señora Méndez que la homosexualidad era una simple enfermedad
para la que existían curas eficaces. Desde la hipnosis hasta los
electrochoques, Eduardo había experimentado todo un catálogo de soluciones
terapéuticas que había dado sus frutos, depresión, insomnio, anemia, ansiedad.
Aquel cursillista había transitado antes que él por el mismo camino, y sin
reconocer explícitamente que su arrepentimiento era fingido, una simple
estrategia para sobrevivir, le recomendó que se ingresara una temporada en el
Sanatorio Esquerdo, una clínica privada rodeada por un inmenso pinar, en las
afueras de Carabanchel”.
Como sucede en muchas otras novelas de Almudena Grandes y muy
especialmente en esta serie de “Episodios
de una guerra interminable” veremos que lo único que queda al ser humano,
aún en las situaciones más vejatorias y adversas es la dignidad. En esta novela
se aprecia con mucha claridad en muchos de los personajes que actúan con
dignidad. En concreto vemos cómo uno de los personajes (y no doy más pistas para
no reventar la novela, nada más lejos de mi intención) es capaz de enhebrar
este canto a la dignidad:
“España es mi país, padre
Armenteros —a cambio, sonreí yo también—, por mucho que le joda. Ya sé que le
habría gustado que los suyos acabaran con todos los españoles como yo, pero no
pudieron, y no fue porque no lo intentaran, desde luego. Así que España es tan
mía como suya, aunque no le guste. Usted no es más español que yo. Y no tiene
ningún derecho a opinar sobre si mi país me conviene o no. Eso lo decidiré yo,
si no le importa”.
Comenzaba la redacción de este análisis literario confesándoos mi
desasosiego al no suscribir el excesivo entusiasmo, por parte de la crítica
especializada, a la hora de analizar “La
madre de Frankenstein”. Intentaré aclarar el porqué de mi divergencia con
esa opinión casi unánime. Es indudable que este texto es una buena novela, qué
duda cabe. Es casi imposible que una autora del conocimiento técnico, del
oficio y del talento de Almudena Grandes haga una “mala” novela. En mi opinión una de las causas que hace de este
texto una novela “imperfecta” (valga la expresión) sería su excesiva extensión.
En concreto me refiero a que, insisto, siempre en mi opinión, en este largo río
narrativo la autora nos propone algunos meandros superfluos y que solo
contribuyen a disminuir el caudal (el interés narrativo) y la calidad del
texto. En concreto hay una larga digresión, una hebra narrativa, que en mi
opinión no aporta absolutamente nada y entre unas cosas y otras se prolonga
durante decenas de páginas de la novela (por respeto a la autora, por supuesto,
me vais a permitir que no reviente la novela comentado a qué subtrama me
refiero, pero estoy seguro, amigo lector, que después de leer el libro, cuya
lectura recomiendo, entenderás a qué me refiero). Pues bien esos momentos
magníficos, esas grandes cumbres narrativas, se ven mezcladas por profundos
valles que, como en el caso al que me he referido, solo provocan oscuridad y,
para mí, un cierto hastío: largas subtramas que poco o nada aportan a la
historia principal que se narra. Y este es un problema que observo muy a menudo
en la literatura actual. Dicen las leyendas urbanas que son los editores lo que
fuerzan a los autores para que escriban libros más voluminosos, por incompresibles
razones para mí de marketing y venta. No sé a ciencia cierta si esta leyenda urbana
tiene un sustento de realidad o no, pero lo que sí que puedo afirmar es que
esta “buena” novela podría haber
llegado a ser “excelente” con cien
páginas menos. Siento tener que discrepar con la crítica especializada pero,
para ser fiel a mí mismo y por respeto a todos vosotros, esta es mi modesta
opinión.
Ya para terminar esta larga reseña y eso que he hecho propósito de
no extenderme tanto, algo utópico tratándose de un texto tan rico en matices, y
a modo de resumen, me gustaría hacer hincapié en algunos puntos nucleares. No
es un descubrimiento si digo que Almudena Grandes es una grandísima escritora y
que novela tras novela nos demuestra su capacidad narrativa y su depurada técnica.
Recursos técnicos que, a poco que se profundice en su análisis, nos muestran
cómo le ayudan a solventar, con mucha variedad y elegancia, las dificultades
propias de un relato a tres voces y con constantes saltos temporales y
espaciales. Su delicadeza y sensibilidad para dotar de vida a personajes tan complejos
y difíciles como el de Doña Aurora Martínez Carballeira que dada su enfermedad
mental resulta tan difícil de insuflarla vida y, sobretodo, credibilidad. Y,
hablando de personajes, cómo no citar uno de los personajes más encantadores de
la novela y su progresión y crecimiento a lo largo del texto como es el de
María Castejón. Y por último comentar que Almudena Grandes es una autora que sabe
insuflar verdad y vida a sus relatos, algo que, por desgracia, cuesta cada día
más encontrar en la literatura actual.
Dicho todo lo cual y considerando todos los méritos aducidos, y atendiendo a todas la razones
expuestas con anterioridad creo que la puntuación más ajustada y que más
justicia hace a “La madre de Frankenstein” (5ª novela de la serie “Episodios de una
guerra interminable”) de la escritora madrileña Almudena Grandes sería de un
8,00/10.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



